EL PANTANO
“Que quede bien claro: el alma, como le dicen, es,
pareciera, no cristalina sino pantanosa” (Saer)
donde todo se atranca, sea la voz, el
recuerdo traído de los pelos por
una foto casual, inoportuna. El pantano
donde todo atasca su marcha, porque
está poblado de ropa, enseres de cocina,
sonrisas, lujurias galantes que se lleva
el río y su máquina de frotar piedras.
Palabras empozadas donde nadie sabe,
donde nadie escucha, salvo el viento,
salvo las cañas. Artefactos del parecer,
música de los bichos que dialogan
bajo una foto de la luna, o un
intercambio de calambres, mudos,
en la torsión del desencuentro, el beso
de los malos entendidos que chapotean,
van y vienen para chocar otra vez
y moverse quietos en eso que parece
más pantanoso que cristalino, más
resbaladizo que cierto, la esquina
de dos paralelas donde se trenza un
capricho en mal estado: la memoria
gaseosa, evaporada al calor de un
metal ardiente, un cuchillo amable
para dibujar en un lienzo vegetal
todos los signos del tiempo y su tránsito,
las preguntas posibles en los límites
donde la tierra no sabe de goces
pero deja asomar el hocico
para respirar y tomar de un saque
lo que deja el oleaje cuando se va.
Porque la innombrable fue ya
demasiado nombrada desde afuera
como si no fuese parte de la
carraspera, o de lo que mañana será
evocación de un roce, surco entre
las plantas donde yace una frase
que gotea y supura, respira por
los agujeros de su error. Nada es
cristalino, nada está quieto ni se
transparenta, todo es barroso y parental.
No me hables de ella sin fluidos, no
sin sangre, no sin flujos ni lechazos,
no sin tierra, no la nada sin nada
que no sabe respirar ni ahogarse.
.....
(Fuente: Daniel Freidemberg)
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