lunes, 20 de octubre de 2025

Héctor Giuliano (Piamonte, Italia, 1947 / Reside en San Juan, Argentina)

 

 

 

Todos
entramos a matar
al toro,
a desenvolver la capa,
agitarla,
lidiar,
confundir víctima, victimario
o actor neutral,
y esperamos los aplausos,
el desborde,
la sangre que cae del público.
Pero nos aseguramos
la crónica llorona,
la realidad presente
de la muerte,
la tristeza asegurada
de un viernes santo
que no alivia la resurrección
del Cuerpo que Regresará.
Los dioses se autodestruyen
a ritmo del ego
y su tarea creativa
que arma el cadalso
y filos caprichosos.
Nada más conmovedor
que la agonía de Cristo
en la serena melodía
que Bach
vuelca
en esa extrema experiencia,
no diferenciada,
como cualquier muerte,
símbolo acertados
o no. Fragmentos,
frutos amargos,
girasoles en la sombra.
Sublime sacrificio
arrojado al futuro:
nacimiento, fusión terrenal,
fría racionalidad gloriosa
y los indicios firmes,
inefables,
del amor y sus manías,
sus requisitos esquizoides,
sus ansiedades, rellenos y vacíos:
abrazo del yo en superficie,
el alma vectorial,
sexo e incesto
en este agujero de serpientes
que fingen ser las pobrecitas
y clavan diente
en garganta o corazón.

-Inédito-
 

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