«Quemaban a los ricos con antorchas
y tal que hierba seca ardían sus cuerpos.
te consuele de desaparecer.
Todos los hombres se creían dios.
Mataban y luego eran despedazados.
Lutero maneja con mayor elegancia los libros:
su mano que no trabajó nunca sabe
mover las páginas y engañar a los hombres.
Muntzer tiene la pasión y no la idea:
sin duda morirá despedazado».
― Leopoldo María Panero, de El último hombre, 1983
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«Maestro, nunca pensé que amar tu obra me ayudaría a entenderme tanto... Tú no escribías de infiernos y demonios, era tu mente y los mundos alternos que te albergaban, eran demonios mortales, la gente que no comprendía tu dolor, que te privó de su abrazo, que señaló tu camino a la locura. Pero en esos mundos oscuros eras y serás siempre la mayor luz que se ha parido... Extraño esos sueños dónde charlaba contigo...».
― Leopoldo María Panero
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El noi del sucre
Tengo un idiota dentro de mí, que llora,
que llora y que no sabe, y mira
sólo la luz, la luz que no sabe.
Tengo al niño, al niño bobo, como parado
en Dios, en un dios que no sabe
sino amar y llorar, llorar por las noches
por los niños, por los niños de falo
dulce, y suave de tocar, como la noche.
Tengo a un idiota de pie sobre una plaza
mirando y dejándose mirar, dejándose
violar por el alud de las miradas de otros, y
llorando, llorando frágilmente por la luz.
Tengo a un niño solo entre muchos, as
a beaten dog beneath the hail, bajo la lluvia, bajo
el terror de la lluvia que llora, y llora,
hoy por todos, mientras
el sol se oculta para dejar matar, y viene
a la noche de todos el niño asesino
a llorar de no se sabe por qué, de no saber hacerlo
de no saber sino tan sólo ahora
por qué y cómo matar, bajo la lluvia entera,
con el rostro perdido y el cabello demente
hambrientos, llenos de sed, de ganas
de aire, de soplar globos como antes era, fue
la vida un día antes
de que allí en la alcoba de
los padres perdiéramos la luz.
— Leopoldo María Panero, "Last night together" 1980
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Hay restos de mi figura y ladra un perro...
Leopoldo María Panero
Hay restos de mi figura y ladra un perro.
Me estremece el espejo: la persona, la máscara
es ya máscara de nada.
Como un yelmo en la noche antigua
una armadura sin nadie
así es mi yo un andrajo al que viste un nombre.
Dime ahora, payo al que llaman España
si ha valido la pena destruirme
bañando con tu inmundo esperma mi figura.
Tus ángeles orinan sobre mí.
San Pedro y San Rafael
en una esquina comentan
mientras avanzo borracho
sobre esa piedra, payo,
que llaman España.
— Leopoldo María Panero, de Piedra negra o del temblor
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A mi madre
(reivindicación de una hermosura)
Escucha en las noches cómo se rasga la seda
y cae sin ruido la taza de té al suelo
como una magia
tú que sólo palabras dulces tienes para los muertos
y un manojo de flores llevas en la mano
para esperar a la Muerte
que cae de su corcel, herida
por un caballero que la apresa con sus labios brillantes
y llora por las noches pensando que le amabas,
y dice sal al jardín y contempla cómo caen las estrellas
y hablemos quedamente para que nadie nos escuche
ven, escúchame hablemos de nuestros muebles
tengo una rosa tatuada en la mejilla y un bastón con
empuñadura en forma de pato
y dicen que llueve por nosotros y que la nieve es nuestra
y ahora que el poema expira
te digo como un niño, ven
he construido una diadema
(sal al jardín y verás cómo la noche nos envuelve)
― Leopoldo María Panero
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Aquí estoy yo, Leopoldo María Panero
hijo de padre borracho
y hermano de un suicida
perseguido por los pájaros y los recuerdos
que me acechan cada mañana
escondidos en matorrales
gritando por que termine la memoria
y el recuerdo se vuelva azul, y gima
rezándole a la nada porque muera.
― Leopoldo María Panero
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El último espejo
Inspirado en una pesadilla que tuvo por nombre «Marava Domínguez Torán».
Todo aquel que atraviesa el corredor del Miedo
llega fatalmente al Último Espejo
donde una mujer abrazada a tu esqueleto nos muestra
cara a cara el infierno de los ojos sellados
de los ojos cerrados para siempre como en una máscara
de muerta representando en el más allá el teatro último:
así miré yo a los ojos que borraron mi alma
así he mirado yo un día que no existe en el Último Espejo.
— Leopoldo María Panero, "Teoría" 1973
Leopoldo
María Panero Blanc (Madrid, España, 16 de junio de 1948-Las Palmas de
Gran Canaria, 5 de marzo de 2014) fue un escritor español, encuadrado en
la poesía española contemporánea dentro del grupo de los «Novísimos».
Fue
un poeta de genio maldito, alucinado, autodestructivo, brillante e
indómito, último de una estirpe de poetas. Transgresor, inclasificable y
desbordante talento poético, pasó buena parte de su vida en
instituciones psiquiátricas sin que su inestabilidad emocional y mental
le impidiera publicar con regularidad y firmar una de las obras más
singulares, potentes, atormentadas y lúcidas de la poesía española del
último medio siglo.
Panero
fue el arquetipo de un malditismo cultivado tanto como repudiado, pero
ese malditismo no le impidió ser el primer miembro de su generación en
incorporarse a la nómina de clásicos de la editorial Cátedra, contar con
una espléndida biografía escrita por J. Benito Fernández (El contorno
del abismo, Tusquets, 1999) e insertarse en la historia literaria, las
antologías y los programas académicos.
El
joven Leopoldo María, al igual que tantos descendientes de los
prohombres del régimen franquista, se sintió fascinado por la izquierda
radical. Su militancia antifranquista constituyó el primero de sus
grandes desastres y le valió su primera estancia en prisión. Tuvo una
formación humanista, estudió Filosofía y Letras en la Universidad
Complutense de Madrid y Filología Francesa en la Universidad Central de
Barcelona. De aquellos años jóvenes datan también sus primeras
experiencias con las drogas: desde el alcohol hasta la heroína, a la que
dedicaría una impresionante colección de poemas en 1992, ninguna le es
ajena.
En
los años 70 fue ingresado por primera vez en un psiquiátrico. Las
repetidas reclusiones no le impidieron desarrollar una copiosa
producción no sólo como poeta, sino también como traductor, ensayista e
incluso narrador. A finales de la década de los 80, cuando por fin su
obra alcanzó el aplauso de la crítica entendida, ingresó permanentemente
en el psiquiátrico de Mondragón.
Casi
diez años después se estableció, por propia voluntad, en la Unidad
Psiquiátrica de Las Palmas de Gran Canaria o como él lo llamaba El
manicomio del Dr. Rafael Inglott hasta su fallecimiento el 5 de marzo
de 2014, en Las Palmas de Gran Canaria, España.
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(Fuente: Literatura, arte, cultura y algo más)
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