Llamaba a la poesía y entonces venía Laurita
con sus piernas largas y finas, de pelícano
y se hundía y me hundía
en un largo beso tibio, de poeta
ahí, en el papel
hacia la NADA
y me decía cosas incomprensibles al oído que
yo no entendía
pero que se expandían por la MENTE del barrio
como en un territorio psíquico de conquista;
y yo no sabía, Laurita era Polimnia
y transmitía como por una antena lo que Laurita me decía al oído
para que se repita en el barrio
por otras antenas.
Y Laurita subía y bajaba,
era oscura y húmeda, Laurita, poeta
y yo no escribía nunca ni un puto poema
pero cuando salía al barrio todos parecían estar al tanto
la poeticidad de Laurita.
Parecían, eran, un extenso poema puesto en acción, como una polifonía hecha de cuerpos y de gestos mínimos, pero que en el conjunto decían, algo decían.
Y entonces Pepe, el verdulero, hablaba: “la naranja es un orbe y todos somos un orbe en la naranja”,
Y Marisa, la perfumera, se agachaba, solo se agachaba, pero su agacharse era de por sí un acto lingüístico, con una fuerte carga rítmica o sonora, casi como un verso de Vallejo pintado en un grafiti por un chino rabioso en la pared de un baño
y Castro cosía el agujero de una cubierta y me miraba, solo me miraba, pero con un mirar conspicuo, como
si el agujero de la cubierta que cosía fuese el poema comunitario y él un editor multi-versátil posando para la foto,
entonces yo pensaba otra vez en Laurita, en que me decía esas cosas incomprensibles al oído
mientras se hundía y me hundía,
en que era poeta-poeta
y yo el médium para que la poesía sea puesta en acto
ahí en el barrio
como si existiese Dios
como si de verdad existiese Dios
y Dios fuese Laurita en un poema
y todos en el poema de Laurita,
amén.
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