Siempre hay bocas pariendo gritos
o gimiendo silencios.
Manos que no trabajan la tierra.
Ni brillan bajo el sol.
Ni se muestran dispuestas en los cuartos.
Un cielo rojo como estandarte.
Nadie a la sombra del mástil.
Animales con rostros humanos.
Humanos con fauces,
ocultos en las cavernas devorando venenos
como el último residuo que los salve.
Los rostros sin labios.
El amarillo como el postrero color en el límite.
En el límite una garganta que brama.
Solitaria.
Sin labios.
Difusa.
Un reloj se derrite bajo la furiosa llama que se expande.
No es necesario el tiempo de los hombres.
Dios se quedó solo.
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