Los soldados fantasmas
Hoy vi un pato chocarse contra un árbol en pleno vuelo. No es algo muy común de ver. Tal vez fuera una ensoñación. Yo estaba dando vueltas con el auto, y ahora que lo pienso, me miró antes del impacto. Debe haberse sentido muy estúpido. De todos modos, no paré para ver cómo estaba. Quería parar, pero tenía miedo de avergonzarlo. Tal vez esa mirada lo hubiera condenado. Me sentía muy mal, pero no era mi culpa. Estaba yendo al desfile por el Día de los Caídos. De repente, me habían dado muchas ganas de ver a todos esos excombatientes marchando por la calle principal con sus uniformes. Pero este pato me había mirado en pleno vuelo y ahora estaba ahí tirado, hecho un montoncito. Seguí adelante, sin mirar atrás. La policía había cerrado el tráfico en la calle principal, y tuve que doblar por una lateral para buscar en donde estacionar. Recorrí varias cuadras sin suerte hasta que al fin encontré estacionamiento. Había una gran concentración de gente en las veredas que iba al desfile. Me puse a caminar a la par de ellos. “Lindo día para un desfile”, le dije a una viejita que tenía al lado. “¿Se cree que voy a caer con ese viejo truco? Va a tener que pensar algo mejor”, me dijo. “Era una simple observación sobre el tiempo”, le dije. “No quería ofenderla”. Después de eso no le saqué conversación a nadie más. El desfile en sí era bastante modesto. Conté unos treinta y cinco excombatientes, de edades entre ochenta y cinco y dieciocho. Había varios en silla de ruedas, varios más con muletas, dos tamborileros y uno que tocaba una corneta. La multitud los miraba en silencio. La policía patrullaba las calles como si fuera a pasar la Reina. Busqué pero no vi a ninguna Reina. El tipo que tenía al lado mío me miró y me dijo, “El desfile es tan chico porque a la gente de este pueblo siempre la matan. No son aptos para el combate. No sé por qué será. Debe ser el agua. Se niegan a tirar. Es raro, ¿no? Han hecho muchos estudios y siguen sin saber cuáles son los motivos. “¿Me estás tratando de levantar? Porque en ese caso vas a tener que pensar algo mejor que eso”, le dije. “¿De qué carajo estás hablando”, me dijo. “Vine a ver a la Reina, pero parece que acá no hay ninguna Reina”, me dijo. “Hace siglos que nos libramos de esa basura de la realeza”, le dije. “Ah”, me dijo, “bueno, pero nadie me avisó”. Me di media vuelta y atravesé la multitud a los empujones y volví hasta donde había dejado el auto. El trayecto a casa transcurrió sin incidentes, salvo que no podía dejar de imaginarme al pato que volaba al lado de mi auto y me miraba. Me distraía, y me impedía estar atento al camino. Por momentos, la suya era una mirada tierna, casi amorosa, y por momentos se volvía acusadora. Casi me llevo puesto a un camión que venía de frente, y el conductor me tocó la bocina indignado. Después de eso, me despedí del pato y me concentré en manejar. Es verdad, casi nadie de este pueblo volvió de ninguna guerra. Los llaman los soldados fantasmas, muy queridos hasta por sus enemigos, y supongo que por eso fui al desfile, sólo para sentir su marcha, esa pequeña ráfaga de aire helado.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg Dib
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