
PARA ENTRAR EN MATERIA
Cuando algunas casas,
a determinadas horas
que en el crepúsculo varían,
sus puertas y ventanas cierran
porque en la calle van un hombre
o un caballo con los ijares sangrando
y sus gritos o sus relinchos
socavan las repletas alacenas,
cuando hay un paso que se aferra al suelo
y singular
y doble
y siempre masculino
apriétase en el suelo,
ya coraje siente uno
de tanto decir la misma cosa.
AUTOBIOGRAFÍA
Atosigado por una jauría de recuerdos,
agarro palabras de luego no sé dónde:
de tumbo en levantarse
al acoso de un pueblo
mi voz viene preñada
desde en tinieblas crepúsculos.
Empecé a nacer desde cayendo:
ridículo espectral,
muda agonía
por los barrios sudestes de mi cuerpo,
tumores que de sombra cáncer hacen,
operación radical en las ciudades,
tal un recluso,
agarrado de perfil como mal náufrago,
metido en una celda,
grito yo mismo
al que sólo responden
los otros enjuiciados en crujías;
vivo en hombres,
sobre siglos,
a mordisco lento de espíritu y de carne,
a trago sordo de cuerpos y de almas.
¡Que cae un sol de llagas y desorden!
¡Que un cuervo cae también sobre su presa!
¡Que un caballo, al relinchar, cae muerto!
¡Que un toro, de bramidos hecho,
uncido cae al yugo!
No es por costumbre el llanto.
El cuero del espíritu se daña y se tuercen los mecates de la pena.
¿Ah qué llorar aquel, el suyo!
¿Que cae la muerte mordiendo,
aullando, enceguecida!
Y va sobre ella la espuela
de mi feroz alegría.
EDIFICIO DE SABLES
Aquí hay fierros que marcan el párpado que sueña
y mi infantil silencio; bayonetas,
sexos vecinos de la muerte,
que abren de las mujeres el sollozo
y hacen rápida luz para los niños:
en la sangre anochecen.
Aquí la lumbre solamente, el veneno
y los sables que edifican el siniestro
con su música que encanece los aires;
aquí venados beben agua en acequias podridas,
hombres se encierran en su adentro
como en roperos de fuerza
mientras el minero sigue cavándose
los túneles de cuarzo que un día caen
y tapan su nariz
con un derrumbe de lingotes.
Aquí hay miedo,
zarpazos de amianto contra las gargantas,
contra la magia del ombligo,
contra la clavícula
barajada de pronto como un naipe.
Y sin embargo, Vallejo,
voy a hablar de la esperanza.
La feroz alegría (1965)
En: Animal de silencios (1996)
México: Fondo de Cultura Económica, 2000, pp. 68, 69-70 y 80
(Fuente: Óscar Limache)
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