jueves, 12 de junio de 2025

Anne Carson (Canadá, 1950)

 

Puede ser una imagen de texto que dice "ANNE CARSON Autobiography of fRed Red CAPE CAPEPOETRY POETRY" 

 

 

XXXVI. AZOTEA

 

Una sucia mañana blanca de sábado en Lima.
El cielo pesado y oscuro como antes de una lluvia pero no ha
llovido en Lima desde 1940.
Parado en la azotea de la casa Gerión
miraba el mar. Lo rodeaban chimeneas y tendederos.
Todo curiosamente quieto.
En la azotea vecina un hombre con un kimono de seda negro
emergió por arriba de la escalera.
Ciñéndose el kimono
camino por la azotea y se detuvo inmóvil frente a un tinaco
grande y oxidado.
Clavo la vista en el tinaco luego levanto
el tabique que sostenía la tapa y observó el interior. Volvio a
poner el tabique. Bajo
de nuevo por la escalera. Gerión se volvió
para ver a Ancash que subía hacia la azotea. Buenos días, dijo
Ancash. Hola, dijo Gerión.
No lograron mirarse a los ojos.
iDormiste bien? pregunto Ancash. Sí, gracias. Los tres se habían
quedado en la azotea
en sacos de dormir que les había prestado
el estadounidense de abajo. La madre de Ancash tenia dividida
la azotea en estancia,
zona de recamaras y zona de horticultura.
Junto al tinaco dormían las visitas. A un lado estaba la "recámara
de Ancash",
zona bordeada en un costado por el tendedero,
donde Ancash había dispuesto sus camisetas muy
ordenadamente en ganchos, y en el otro
por una abollada cómoda alta con incrustaciones de nácar.
 
Junto a la cómoda estaba la biblioteca. Aquí habla dos sofás y
un librero atiborrado
de libras. Sobre el escritorio había
pilas de papeles con latas de tabaco encima y una lámpara de
lectura en forma de S
conectada a una extension cuarteada
que se extendía por el escritorio y a lo largo de la azotea y
hacia abajo por la escalera hasta la cocina.
Ancash había fabricado un techo con hojas de palma
encima de la biblioteca. Se movían con chasquidos las hojas
en el viento como lenguas de madera.
Junto a la biblioteca habla una estructura chata
hecha de plástico grueso transparente y de pedazos de una
cabina telefónica desmantelada.
Aquí la madre de Ancash cultivaba
marihuana para vender y hierbas de cocina. Lo llamaba su
"Pequeñoo Festín"
y decía que era su lugar preferido
en el mundo. Figuras en yeso de San Francisco y Santa Rosa
de Lima estaban colocadas
alentadoramente entre las plantas.
Ella dormía, por su parte, junto al Pequeño Festín en un catre
cubierto de cobijas coloridas.
¿No tuviste frío? prosiguió Ancash.
Ah no, estuve bien, dijo Gerión. De hecho nunca había tenido
tanto frio en su vida como la noche anterior
bajo las opacas estrellas rajas de Lima.
Ancash caminaba hacia el borde de la azotea, se para junto a
Gerión y miró fijamente para abajo,
hacia las calles y el mar.
Gerión también clavo la vista. Los sonidos les llegaron a través
del aire blanco. El lento golpe
de un martillo. Una música incierta,
como tubería de agua que se abre y se cierra. Muchas capas
de tráfico. El crujido de basura
que se quema. Secos aullidos de perros. Los sonidos
se metieron dentro de Gerión diminutos al principio pero poco
a poco le fueron colmando la cabeza. Las calles allá abajo
no estaban entonces vacías. Dos hombres agachados
junto a un muro construido a medias sacaban ladrillos de un
pequeño horno de piedra con una pala.
Un niño barría los escalones de la iglesia
con una rama de palma tan grande como él. Un hombre y una
mujer comían parados su desayuno
de unos envases de plástico y miraban
en direcciones opuestas hacia ambos lados de la calle. Tenían
un termo y dos tazas
posadas en el capote de su coche.
Cinco policías pasaron junto a ellos con carabinas. Abajo en la
playa un equipo de fútbol estaba
entrenando y más allá
el mugroso Pacífico irrumpía en la orilla. Es diferente a
Argentina, dijo Gerión.
iEn qué sentido?
Aquí nadie tiene prisa. Ancash sonrió pero no dijo nada. Se
mueven muy suavemente,
añadió Gerión. Estaba observando al equipo de fútbol
cuyos movimientos tenían la languidez esférica de un sueño.
Olores de alguna quemazón soplaban
por el aire. Los perros olfateaban sin urgencia
la basura y las caléndulas que se alineaban por el malecón.
Tienes razón los argentinos
son más veloces. Siempre van a alguna parte.
Gerión podia ver a muchas personitas peruanas deambulando
por el malecón. Se detenían
con frecuencia para mirar nada en particular.
Todo el mundo parece estar a la espera, dijo Gerión. ¿A la espera
de qué? dijo Ancash.
Sí, a la espera de que, dijo Gerión.
Se oye de repente un fuerte silbido. El cable de electricidad que
se extendía por la azotea
a sus pies estalló con leves chispazos.
Carajo, dijo Ancash. Cuánto me gustaría que ella cambiara los
cables. Cada vez que alguien conecta la tetera
en la cocina se funde todo.
La cabeza de Heracles se asomó por la escalera. iMuchachosl
Trepó hasta la azotea,
con un trozo grande de papaya en la mano que blandió frente
a Gerión:
iDeberías probarla! ¡Es como comer sol! Heracles hundió los
dientes
en la fruta y les sonrió.
El jugo se derramó por su cara y su pecho descubierto. Gerión
miró una gota de sol
deslizarse por el pezón de Heracles y encima de su vientre
hasta desaparecer en la orilla de sus pantalones de mezclilla.
Apartó la mirada. iVieron a los loros?
pregunto Heracles.
iLoros? dijo Gerión. Si, ella tiene un cuarto lleno de loros en la
parte delantera de la casa.
Ha de haber unos cincuenta pájaros.
Morados verdes anaranjados azules amarillos es como una
explosión y hay un pinche loro
enorme, completamente dorado. Dice
ella que se va a tener que deshacer de él. ¿Por qué? dijo Gerión.
Mata cualquier cosa que sea más pequeña
que él. La semana pasada mató al gato.
Es una conjetura, interrumpió Ancash. Nadie lo vio matar al gato.
¿El gato de quién?
preguntó Gerión bastante confundido.
De Marguerite, dijo Ancash. Marguerite es la esposa del
estadounidense de abajo.
¿te acuerdas? Nos prestó los sacos de dormir
anoche. Ah, dijo Gerión, la mujer de las manos frías. Apenas
recordaba
las presentaciones en una cocina brumosa a las cuatro a.m.
El asunto es ¿quién más habría matado al gato? insistid Heracles.
La guerrilla quizá, dijo Ancash. El invierno pasado mataron
a todos los gatos de Huaraz un fin de semana ¿Por qué? dijo
Gerión. Una serial, dijo Ancash.
¿Serial de que? dijo Gerión.
Bueno fue después de una trasmisión televisiva en la que el
presidente habló desde su sala.
Estaba sentado en un sillón con un gato
en el regazo explicando como la policía tenía ya completamente
controlados a los terroristas.
Al día siguiente cero gatos.
Qué bueno que no traía en el regazo a su esposa, dijo Heracles
lamiéndose la barbilla.
El cable eléctrico echaba chispas de nuevo.
Arrojó una pequeña fumarola negra. ¿Quieres que Io arregle?
dijo Heracles
limpiándose las manos en sus pantalones de mezclilla.
Sí, dijo Ancash, mi madre lo agradecería. ¿Tienes cinta de aislar?
dijo Heracles.
No sé, vamos a buscar a la cocina.
Desaparecieron por la escalera. Gerión cerró los ojos un
instante y se ciñó
con fuerza el abrigo.
El viento había cambiado, ahora soplaba desde el mar con un
olor crudo.
Gerión tenia frio. Hambre. Sentía que su cuerpo
era como una caja cerrada. Lima es terrible, pensó, ¿por que
estoy aquí? Arriba
el cielo también esperaba.
 
 
De Autobiografía de rojo
 
 
(Fuente: Lab De Poesía)  

 

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