jueves, 22 de mayo de 2025

Jericho Brown (Shreveport, Louisiana, Estados Unidos, 1976)

 

poesía norteamericana. Coliseo

 

 

El blues de Langston

 

“Oh canciones de la Sangre del Río,
oh canciones del Río de Sangre”,
	dejen que me recueste. Que mis palabras

recuesten el sonido en las bocas de los hombres
que repiten invocaciones puras
	y perfectas como un gemido

que crece en la boca de Bessie Smith.
Blues para los ángeles que echaron
	del cielo. Blues para los ángeles

que todavía los extrañan. Blues
para mi gente y el agua
	que conocen. Oh bebedores exhaustos

que beben del río sangriento,
¿por qué ir al cielo cuando Harlem
	queda tan cerca? ¿Por qué cantarles a ríos

cuando extrañamos a nuestros propios padres?
Me acuerdo del mío y siento el gusto de una mancha
	como de sangre que acecha el cuerpo

de un hombre perseguido por una multitud. Escribo
cómo corre, cómo suda: miren,
se trepa a un álamo en busca del cielo,

pero no es más que cielo. ¿El río?
Síganme. Ya verán. Intentamos
volar y nos dimos cuenta de que no sabíamos

nadar. Querido río cantor lleno
de mi sangre, ¿se nos oye tan fuerte bajo
el agua? ¿La sangre es lo que une

a los hermanos? ¿O es el Mississippi
que circula por la vena más gorda
	de Estados Unidos? Cuando digo casa,

quiero decir que quería escribir algunos
versos. Quería escuchar el blues,
	pero acá estoy nadando en el río

otra vez. ¿Qué circula por las venas
gordas de un cuerpo ahogado? ¿A cuál Estados Unidos
	puede llamarle a un cuerpo

casa? Cuando digo Congo, quiero decir
sangre. Cuando digo Nilo, quiero decir sangre.
	Cuando digo Éufrates, quiero decir,

“Si supieras la sangre
que tenemos en común. Tanto es así
	que en Louisiana, a alguien como yo le dicen

rojo”. Y rojo era demasiado oscuro
para mi papá. Y mi papá era
	demasiado oscuro para Estados Unidos. Se escapó

como un hombre de mi madre
y de mí. Y el llanto de mi madre
	son las canciones de Bessie Smith

que se pone más plumas que
la muerte. Oh la muerte que mi gente se niega
	a morir. Cuando tenía 18, escribí

el río aunque no podía ganar
una carrera, me trepé a un árbol ese invierno y me caí,
	la boca roja y mojada contra el suelo. Verso

a verso, leía todo el tiempo.
Pero “no podía hacer nada 
con la raza”. 
 
 
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg Dib 

 

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