
La pérdida
Dejar que los barcos maltrechos lleguen a la playa. Olvidar el ulular
de un viento erizado de algas, esos pájaros de alas tensas a orillas
naves el horizonte no existe. La mañana es clara. Una mujer bella
y joven (parecida a Scarlett O'Hara) tiende ropa al sol. Canta, pero
su boca no se mueve; una cierta armonía en rojo y malva, apenas,
como en un cuadro de Memling, un efímero acuerdo entre la luz y
sus manos. El jardín da a una casa de maderas blancas, pequeñísima.
Un hombre hace el amor adentro con otra mujer. Y yo que miro todo
desde la infancia, yo seducida ya entonces, el corazón calcinado, de
tanto estar cerca una ausencia, el mismo miedo, la misma alegría
intransitable. Me invade una rabia y giro hacia el océano. En un
silencio plomizo, ominoso, primero veo un barco, y después otro y
un tercero. Empiezo a gritar que hay que hacer retroceder a esos
barcos. Como animal tardío, como joven que no ha viajado nunca, me
transformo en soldado. Ya no dejaré de empujar barcos al océano. Los
barcos volverán a sus rutas de ceniza y no habrá cambiado nada.
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(Fuente: Daniel Rafalovich)
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