domingo, 19 de enero de 2025

Rubén Darío Lotero (Medellín, Colombia,1955)

 

DÍAS DE AIRE Y DE RECUERDO

 

Pantalón corto

 

Me da miedo

que las gallinas

me picoteen las piernas

por eso

cuando mi abuela

me sirve

el plato de fríjoles

que tanto me gusta

me paro en el taburete

del comedor

allá

en la vieja casa

de Bello

 

Caminata

 

¿Hacia dónde voy con mis amigos

silenciosamente como yo

a cuestas los pensamientos

escalando el monte

cercano al barrio?

¿Acaso caminamos al encuentro

del inquieto cucarachero

que se esconde entre los arbustos

al ácido encuentro de los gajos

de moras silvestres?

A mí espalda

como un ligero morral

mi diminuta casa

y el rumor del barrio

en los oídos.

 

Maestro

 

Ya en casa

los pies sumergidos

en el tazón con el árnica

(rojizo como la sangre)

descansa sus pies hinchados el

moderno arriero patiancho

el viejo maestro dicharachero.

Todo el día

habló y bailó sobre una silla

para atraer a los muchachos

y muchachas

a su estante de libros

(a la memoria de Alfredo Salazar)

 

Dejadez

Leo

escribo con la mirada

recostado en la cama

al lado

la ventana abierta

al campo

de dulces aires

de pastos

y árboles

reverdecidos

dejadez de ave

que escapa

abandona la casa

y en el mercado

descubre el rostro

del niño

que duerme plácido

sobre un bulto de papa.

 

Bifloras

 

Madre

sufres allí acostada en la cama

y nosotros

sentados cerca de las puertas

y ventanas

tratamos de sorprender

a la muerte

si entra o sale

pero sólo el viento salta

el muro del patio

y corta tus bifloras.

 

Aire de poeta

 

Un día sin aire

poeta

te llevaste la mano al pecho

esa misma que signó

este mundo nuestro

con la palabra

que es aliento

y respiración

y decidiste descansar

pues ya habías cumplido

con tu destino.

Tú que tantas veces

sentiste su presencia

recibiste sin miedo

lista la maleta

su abrazo fuerte

asfixiante

su abrazo.

(a la memoria de José Manuel Arango)

 

ESCENAS DE CASA

Florida nueva, 1963

Se vive casi en la calle. Las puertas de las casas permanecen abiertas todo el día. Sólo empujarlas con la mano para entrar; como en la casa de mi abuela. Los árboles dan sombra azul sobre los prados. Nos sentamos en el murito del antejardín y nos recostamos en la hierba de cara al cielo. Apoyamos la cabeza en el tejido de los dedos y mascamos sin prisa un espartillo entre los dientes. Mientras adivinamos los rostros que forman las nubes llevada por el viento, coreamos la balada del radio que nos llega, desde la ventana de la casa vecina.

Cuando abre la nevera

Cuando abre la nevera y busca algo de comer, descubre el litro de leche junto a un pedacito de torta negra, el último. Mira el reloj de la estufa y piensa que ya es tarde y cuenta las pocas horas que faltan hasta la madrugada para ir a clase. Sabe que en el cuarto de atrás sus hermanos ven en la televisión una vieja película, donde un niño viaja como polizón en un cohete. En su casa hay problemas de plata. Por eso su padre, sentado a la mesa del comedor, trabaja horas extras en los libros de contabilidad de un almacén de la ciudad, hasta tarde en la noche.

Una cruz

El campesino que regresa de su parcela detiene su bicicleta a un borde del camino. ¿Qué mira en religioso silencio? El pedazo de tierra empolvada donde cayó el hombre que abalearon la noche anterior. ¿Acaso el asesino lo esperó oculto tras la morera? ¿Acaso lo siguió con sigilo hasta alcanzarlo en la oscuridad?, se pregunta. Se baja, recoge una piedra, la coloca sobre los terrones y se santigua. En pocos días habrá allí una cruz.

Rómulo y Remo

Son dos gatos hermanos. Por la mañana, cuando suena el despertador; Rómulo se me sube a la cama y comienza a arañarme para que despierte. Siempre después de levantarme les doy de comer. Son como niños. Pero Rómulo es el más mimado. Cuando mi mamá sale para el trabajo, se queda chillando por debajito. Entonces se sube al techo y no vuelve a bajar hasta cuando siente que ella regresa. En cambio, Remo es muy tranquilo. Se mantiene durmiendo echado en el sillón o se sube al palo de mangos del solar y ahí se queda todo el día. Y no sale en la noche a buscar gatas como Rómulo.

Onírica

Mandaré un ángel delante de ti para que te defienda en el camnino.

Éxodo, 23:20

Es de noche. Ruidos extraños en el primer piso me despiertan. Me asusto. ¿Será que alguien ha entrado a nuestra casa? Mi mujer duerme tranquila. Me levanto. Bajo los escalones e inclino la cabeza para mirar la penumbra. Siento miedo. Estos días han sido confusos. Todo se me ha hecho difícil, sin sentido. Momentos angustiosos, sin calma. Y me asaltan pensamientos pesimistas. Ahora temo encontrar seres extraños, maléficos, que se están apoderando de mis cosas, de mi casa. Con terror desciendo las escaleras. Hay una luz en el fondo que flota en el aire de la noche. A medida que me acerco advierto que no proviene de un ser artificial, como un bombilla, una lámpara o una linterna. Ya estoy frente a ella. No es interesa, ni produce dolor. Por el contrario, me produce cierta serenidad. Proviene de un ser etéreo, como una virgen o el alma de mi madre que ha venido del más allá. Y me devuelve la paz que había perdido. Ahora me siento afortunado. Los miedos de estos días se han disipado. Ya no existen por este ser de luz. ¿Por qué antes no me había dado cuenta que habitaba aquí conmigo, en mi casa? Es luz que ama, que acoge. El faro que en la noche tormentosa lleva al puerto seguro. Sonrió. Y así, sonriendo, regreso a la cama, lleno de paz. No es un sueño. Es una verdad que me ha revestido del deseo de continuar. De dormir en paz. Y pienso contarles a mi esposa y a mis hijos, de la visita nocturna de la madre de nosotros los hombres, los expulsados del paraíso, los desconsolados y perdidos en el Tiempo.

Días de aire y de recuerdo. Bogotá. Ruido Ediciones. 2023. Págs. 17, 29, 33, 39, 43, 49, 59, 60, 62, 66, 74, 76, 79, 82, 83.

 

(Fuente:  La Mecánica Celeste)

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