DÍAS DE AIRE Y DE RECUERDO
Pantalón corto
Me da miedo
que las gallinas
me picoteen las piernas
por eso
cuando mi abuela
me sirve
el plato de fríjoles
que tanto me gusta
me paro en el taburete
del comedor
allá
en la vieja casa
de Bello
Caminata
¿Hacia dónde voy con mis amigos
silenciosamente como yo
a cuestas los pensamientos
escalando el monte
cercano al barrio?
¿Acaso caminamos al encuentro
del inquieto cucarachero
que se esconde entre los arbustos
al ácido encuentro de los gajos
de moras silvestres?
A mí espalda
como un ligero morral
mi diminuta casa
y el rumor del barrio
en los oídos.
Maestro
Ya en casa
los pies sumergidos
en el tazón con el árnica
(rojizo como la sangre)
descansa sus pies hinchados el
moderno arriero patiancho
el viejo maestro dicharachero.
Todo el día
habló y bailó sobre una silla
para atraer a los muchachos
y muchachas
a su estante de libros
(a la memoria de Alfredo Salazar)
Dejadez
Leo
escribo con la mirada
recostado en la cama
al lado
la ventana abierta
al campo
de dulces aires
de pastos
y árboles
reverdecidos
dejadez de ave
que escapa
abandona la casa
y en el mercado
descubre el rostro
del niño
que duerme plácido
sobre un bulto de papa.
Bifloras
Madre
sufres allí acostada en la cama
y nosotros
sentados cerca de las puertas
y ventanas
tratamos de sorprender
a la muerte
si entra o sale
pero sólo el viento salta
el muro del patio
y corta tus bifloras.
Aire de poeta
Un día sin aire
poeta
te llevaste la mano al pecho
esa misma que signó
este mundo nuestro
con la palabra
que es aliento
y respiración
y decidiste descansar
pues ya habías cumplido
con tu destino.
Tú que tantas veces
sentiste su presencia
recibiste sin miedo
lista la maleta
su abrazo fuerte
asfixiante
su abrazo.
(a la memoria de José Manuel Arango)
ESCENAS DE CASA
Florida nueva, 1963
Se vive casi en la calle. Las puertas de las casas permanecen abiertas todo el día. Sólo empujarlas con la mano para entrar; como en la casa de mi abuela. Los árboles dan sombra azul sobre los prados. Nos sentamos en el murito del antejardín y nos recostamos en la hierba de cara al cielo. Apoyamos la cabeza en el tejido de los dedos y mascamos sin prisa un espartillo entre los dientes. Mientras adivinamos los rostros que forman las nubes llevada por el viento, coreamos la balada del radio que nos llega, desde la ventana de la casa vecina.
Cuando abre la nevera
Cuando abre la nevera y busca algo de comer, descubre el litro de leche junto a un pedacito de torta negra, el último. Mira el reloj de la estufa y piensa que ya es tarde y cuenta las pocas horas que faltan hasta la madrugada para ir a clase. Sabe que en el cuarto de atrás sus hermanos ven en la televisión una vieja película, donde un niño viaja como polizón en un cohete. En su casa hay problemas de plata. Por eso su padre, sentado a la mesa del comedor, trabaja horas extras en los libros de contabilidad de un almacén de la ciudad, hasta tarde en la noche.
Una cruz
El campesino que regresa de su parcela detiene su bicicleta a un borde del camino. ¿Qué mira en religioso silencio? El pedazo de tierra empolvada donde cayó el hombre que abalearon la noche anterior. ¿Acaso el asesino lo esperó oculto tras la morera? ¿Acaso lo siguió con sigilo hasta alcanzarlo en la oscuridad?, se pregunta. Se baja, recoge una piedra, la coloca sobre los terrones y se santigua. En pocos días habrá allí una cruz.
Rómulo y Remo
Son dos gatos hermanos. Por la mañana, cuando suena el despertador; Rómulo se me sube a la cama y comienza a arañarme para que despierte. Siempre después de levantarme les doy de comer. Son como niños. Pero Rómulo es el más mimado. Cuando mi mamá sale para el trabajo, se queda chillando por debajito. Entonces se sube al techo y no vuelve a bajar hasta cuando siente que ella regresa. En cambio, Remo es muy tranquilo. Se mantiene durmiendo echado en el sillón o se sube al palo de mangos del solar y ahí se queda todo el día. Y no sale en la noche a buscar gatas como Rómulo.
Onírica
Mandaré un ángel delante de ti para que te defienda en el camnino.
Éxodo, 23:20
Es de noche. Ruidos extraños en el primer piso me despiertan. Me asusto. ¿Será que alguien ha entrado a nuestra casa? Mi mujer duerme tranquila. Me levanto. Bajo los escalones e inclino la cabeza para mirar la penumbra. Siento miedo. Estos días han sido confusos. Todo se me ha hecho difícil, sin sentido. Momentos angustiosos, sin calma. Y me asaltan pensamientos pesimistas. Ahora temo encontrar seres extraños, maléficos, que se están apoderando de mis cosas, de mi casa. Con terror desciendo las escaleras. Hay una luz en el fondo que flota en el aire de la noche. A medida que me acerco advierto que no proviene de un ser artificial, como un bombilla, una lámpara o una linterna. Ya estoy frente a ella. No es interesa, ni produce dolor. Por el contrario, me produce cierta serenidad. Proviene de un ser etéreo, como una virgen o el alma de mi madre que ha venido del más allá. Y me devuelve la paz que había perdido. Ahora me siento afortunado. Los miedos de estos días se han disipado. Ya no existen por este ser de luz. ¿Por qué antes no me había dado cuenta que habitaba aquí conmigo, en mi casa? Es luz que ama, que acoge. El faro que en la noche tormentosa lleva al puerto seguro. Sonrió. Y así, sonriendo, regreso a la cama, lleno de paz. No es un sueño. Es una verdad que me ha revestido del deseo de continuar. De dormir en paz. Y pienso contarles a mi esposa y a mis hijos, de la visita nocturna de la madre de nosotros los hombres, los expulsados del paraíso, los desconsolados y perdidos en el Tiempo.
Días de aire y de recuerdo. Bogotá. Ruido Ediciones. 2023. Págs. 17, 29, 33, 39, 43, 49, 59, 60, 62, 66, 74, 76, 79, 82, 83.
(Fuente: La Mecánica Celeste)
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