UN POEMA DE ROPAVIEJA
Cuando escuchaba a Caraperro llorar,
yo me arrinconaba de puntillas
tocando las baldosas con los dedos desnudos
sintiendo el frío hormiguear en mi piel
como si fuesen gusanos lanzados por la culpa.
La culpa de escuchar los quejidos de Caraperro,
que de pronto me hacían sentir lejana
infranqueable,
asustada de participar en un momento doloroso.
Me eduqué en pellizcar mis pliegues y así condenarme
cuando decidía estar en los márgenes.
Aunque supiese que hacer oídos sordos
también causase un ruido insoportable.
Crecía en mí el desapego cuando Caraperro lloraba,
porque aún me encontraba bajo una cáscara de pollo menudo
demasiado blanda para la tristeza adulta.
Si decidía acercarme, sabía que Caraperro me pediría perdón
sin hablar
porque en su boca solo había desconsuelo,
en cambio sus ojos
siempre revelaban:
cómo te explico el dolor
si lo único que quiero
es protegerte de él.
Lana Neble
Ropavieja
Editorial Dieci6
(Fuente: Papeles de Pablo Müller)

No hay comentarios:
Publicar un comentario