El Tommy
nos miraba desde la tranquera.
Desamparado,
relegado a su vejez,
abatido
seguro de su instinto.
Ya no ladraría gozoso
por el plato de comida
la rascazón de panza
y el abrazo matutino.
Allí quedaría,
solo y solo,
en ese pantano agrio,
en esa pena doble
e irreversible.
La finca de alfalfares y durazneros
en San Rafael,
a partir de entonces
un luto siniestro,
un cárcel
donde los prisioneros
son objeto de muerte
y sinrazón,
donde los huesos
se desintegrarían
en polvillo y silencio.
No cantaba
pájaro alguno,
ni siquiera
la palomita guacha
que picoteaba
por ahí,
nada consolaría
sus belfos
en que bailaría
el azufre,
nada sus ojos velados.
Los álamos se doblaban
en el final del otoño
exhaustos,
pelados,
testigos exigidos;
no nos veríamos
nunca más.
Mil kilómetros.
Buenos Aires
nos esperaba:
mis viejos
acechados
por la miseria,
la enfermedad,
de cortezas arrancadas
a tiritones.
Mi corazón de niño,
maldito corazón
que todavía sangra
gimotea y aúlla,
decide el temblor
de esta mano
cuando escribe
y no quiere.
-Inédito-
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