ARMADURADOS, Daniela Mishima de madrugada.
«Esta mañana vi a un hombre caminando descalzo sobre el asfalto caliente en el amanecer fantasma de diciembre.
Apretaba el lazo mugriento de una bata ya casi reducida a un color indefinido, y al llegar a la valla divisoria entre las calles, se dirigió hacia el semáforo más cercano, paró, se abrió la bata y se rascó el abdomen desnudo y esquelético.
Cuando el semáforo se puso verde, los que manejaban ansiosos por arrancar, empezaron a tocar bocina desde el candor fresco y confortable de sus asientos, cada lucecita, perillita, remarcaban de una manera muy extraña la belleza. La comparación con aquella pesadilla humana vestida de cenizas que caminaba por la calle era demasiado. Enseguida el hombre se convirtió en el blanco de las puteadas más feroces, una ciudad entera resucitaba de la monotonía de la noche y no tenía nada mejor que agarrársela con el último deshecho de la tierra.
Hace un tiempo leí un poema de Jack Hirschman: "Has alguna vez levantado/
a una mujer caída en la calle/
a un hombre echado en la vereda, un niño acorralado por una banda de jóvenes/
brazos sobre el asfalto/
para protegerse de las patadas en su cabeza?"
No, no creo. Nunca he hecho algo de eso, y con toda probabilidad, yo también estuve mirando con ojos llenos de sospecha quién sabe a cuántos Cristos en la cruz.
Será que el bien más preciado que creemos tener es nuestra armadura?
Somos una civilización exhausta. Prendí la radio y al escuchar las primeras noticias de la mañana pensé que debe haber sido así que Dios cocinó su primera comida para los perros.»
(Fuente: Daniel Edgardo Petasne)
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