Desde la papelera grita una mujer. Y sigue gritando aún después
de extraerla del maremágnum y haberla posado, diminuta, sobre la
mesa.
advierto que solo he levantado una cabeza ornada de serpientes
rubias. Descuartizada sin piedad la mujer, es ahora con su cabeza
que simula escucharme.
La dejaré gritar a esta gorgonita mientras susurro apaciguamientos.
Y seguiré hablándole aunque parezca sorda, aunque perviva un
rictus irónico en los labios exangües que beso sin asco.
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