Bailé con la más fea,
escribí cuitas
en papel higiénico,
cacé nutrias
y revolví el mejor puchero,
bajo la luna
y la escarchas de enero
que se engrutan en julio,
disparé perdigones
y degollé con daga mellada.
Y en los albores del cerro
poco fue la dulce algarroba,
el granate en el bolsillo
y el tintineo de los jabatos
que se ponían a salvo
del cazador y sus perros de horchata.
Amarillo,
el corazón,
muy veteado de rencores
en su puerta.
- Inédito -
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