El artista del odio
En los campos de la muerte hay un
paisajista fracasado, con bigote mein kampf de pincelada,
que monta un collage de huesos y pelo en un lienzo
de orgullo ario.
Su reencarnación en Alabama,
adorador de la cruz negra, de la cruz invertida,
la cruz de fuego, ardiente.
Le encanta la textura del dolor, igual que el terciopelo,
le encanta la pasión en celo, en olas
de calor, en ondas expansivas, la melodía erótica
de una explosión en el Ulster o en Beslán, que hace añicos
el vidrio y tritura el acero, el contrapunto.
Hoy esculpe madera, deja astillas en el ojo
de su imagen, la otra subcultura.
Le encanta esculpir la silueta tutsi, esbelta y desgarbada,
además hace moldes de bronce Dalfur.
(Nada como el metal fundido para
dibujar paisajes de muerte sobre la piel)
Pinceladas sobre el asfalto, pinta con bombas,
brasas color pastel, la recompensa del adivino,
igual que de Chirico, hierro forjado que sobresale
como costillas del cord ón de la vereda, podría ser sangre o ketchup.
En una vivienda social en Leeds, mientras se come un sandwich
y planea la madre de todas las intrigas, el odio es el jugo
que le gotea del mentón cuando mastica
una manzana roja,
le sube la libido imaginándose la multitud
del subte de Madrid, una cancha de béisbol en Nevada,
un mercado en Damasco, un cine en Mogadishu.
O Wimbledon, O Kigali, O Freetown.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg
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