domingo, 7 de mayo de 2023

Jorge Aulicino (Buenos Aires, 1949)

 

SE DECÍA
 

Se decía: el tiempo es bueno –no habían comenzado las matanzas –:
me refiero al paso tranquilizador de los Ford a bigote
por el fondo nacarado de una postal de balneario.
Siempre apacibles los tiempos pasados de la nobleza burguesa,
y aun de la burguesa plenitud de los barrios “un poco alejados”.
Siempre apacible la infancia, en los suburbios incluso llena de
misterio.
En este momento yo comienzo a retroceder, me tomo de una estaca,
miro un muelle tormentoso, no es de acá, es de alguna novela, de
algún sueño.
Aquí esperan jornadas de invierno y calor, con las llaves prestas para
volver
a casa, con la santidad del gato, con los libros que se doblan y
deshojan.
Nada, absolutamente, nada más, y el regreso imposible.
Habíamos, lo saben, preparado el sacrificio: era perfecto, pero algo
salió decididamente mal. La víctima propiciatoria tenía recursos.
¿Por qué es tranquilizador el tiempo de los objetos viejos?
Hemos sido capaces de arrancarle la angustia de lo irrecuperable.
Son un modesto paraíso atravesado de brillos pequeños
pero palpables que ya no pueden fructificar en el futuro.
Y eso no nos causa desazón, sino el acostumbramiento
a que los siglos pasan y fijan siempre en sus cielos
la posición hacia la cual, si hubiésemos avanzado, quizá,
todavía, habríamos alcanzado esas planicies auguradas
por las letras de interminables novelas, sobrevoladas
por halcones, con un trepidar, un gusto de tormenta
decididamente mágica: algo que nos recibiera, angélico,
diciendo: Y tú, y tú, baja la mirada, olvida la letra.
*****
 
 
(En El libro del encanto y del desencanto )
 
(Fuente: Daniel Rafalovich)

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