III. IN HORAM NONAM
et tenebrae factae sunt in universam terram
et obscuratus est sol.
Lucas, XXIII, 44 s.
penetran como trapajos sucios el arbolaje.
se desencadenan entonces los diluvios cenitales,
compactos, lúbricos, desoladores,
resuella el calor empapado de furia
truenos y centellas se arrojan suicidas desde las alturas,
caprichos y juguetes de los dioses que son frívolos, inimputables.
ahora las hojas enormes respiran
y gozan impenitentes de su coruscante verdor,
callan las aves canoras,
siempre alertas, las fieras se refugian
y duermen sus sueños felinos,
los pajarracos se hincan protectores,
cuidando de reojo, como si rezaran,
las podredumbres que conquistaron,
y con su ojo bífido
las sierpes contemplan, augustas y sabias,
los fragorosos azares que rigen el matorral saturado.
delante de las casetas que dan al río,
sin embargo, carretean importunos los generadores:
los gringos petroleros prenden los vacilantes abanicos,
sucios y sudorosos se enjugan sus frentes coloradas,
tragan apremiados sus dispépticas viandas
y en sus recámaras clavan impíos,
en siesta violenta, sin palabra alguna,
las niñas cautivas.
corre sangre y no hay piedad:
las sanguijuelas cavilan con hambre monacal
en los meandros y recodos de cada regato,
en cada charco, en cada agitada gota de cañaveral.
a las tres de la tarde escampa.
se triza verde el cortinaje del templo,
sollozan los cimientos del mundo,
y la vieja muerte anota una nueva victoria.
es la hora de cristo que muere en la cruz exclamando:
consumatum est.
festeja el submundo,
vuelan enjambres agoreros
de tanatomorfos blátidos voladores,
miríadas de zancudos nacen de los esteros,
sedientas garrapatas caen del cielo
sobre esta tierra de espanto,
de candela y ternura abismal,
sobre esta patria saciada
de mucha, muchísima sed
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