Los tiempos se van volando
La niña que al tren subió
de cinta blanca en el pelo,
abrigo de terciopelo,
sandalitas de charol,
gentiles, con una flor
la compararon por bella
por su boquita grosella,
sus ojos tan refulgentes.
Mamá emocionadamente
le da mil gracias a ellas.
Mas, el destino traidor
le arrebató sin piedad,
por puro gusto nomás,
su bonitura y candor.
De lo que fue aquella flor
no le quedó ni su sombra;
se convirtió en una escombra,
se le asentó la carita,
y hasta su madre se agita
cuando la mira y la nombra.
Con mi abundante inocencia,
poquito a mí se me daba,
mi paire me acariciaba
con su estimable paciencia.
Mi maire, de mucha ciencia,
gracias a Dios por su niña;
cuando me pierdo en la viña
armando mis jugarretas,
yo soy la feliz Violeta:
el viento me desaliña.
Los tiempos se van volando
y van cambiando las cosas:
creció en el trigo melosa,
la siembra fue castigando,
fue la cosecha mermando,
l’esperanza queda trunca.
La gente no sabe nunca
lo que mañana l’espera:
cayéndose l’escalera
de manos se queda zunca.
De nuevo yo solicito
perdón por irme alejando;
lo que les iba explicando
se me refala solito,
el pensamiento infinito
traicióname en cada instante.
No puede ni el más flamante
pasar en indiferencia
si brilla en nuestra conciencia
amor por los semejantes.

Sergio Pisani
Fingiendo pena y criterio
Cuando me estaban peinando
en un espejo de metros,
yo vi pasar un féretro
hacia el panteón desfilando.
Al tiro me fui contando
los coches acompañantes;
medito qu’es elegante
por sus flamantes coronas,
y por aquellas personas,
de lujo tan resaltante.
Me amarro con prontitud
el moño con mucho acierto,
y en avisarle a Roberto
no me demoro un Jesús.
¡Anda a mirar ‘l ataúd!
que va cargando a algún rico,
alcalde o alto milico
por sus coronas tan finas,
hermosas y purpurinas,
¡Apúrate, cabro chico!
Espérenme en l’otra esquina,
nos ha encargado Cochepe,
y por si tiene julepe,
conviden a la Corina.
Debajo de unas encinas,
escrib’el guardian del punto,
sin sospechar el asunto
que traman los palomillas,
con la doliente familia
y con el pobre difunto.
Del coche que va a la cola,
con su feroz parachoque,
se cuelgan los alcornoques
igual que tres cacerolas.
Están tocando victrola
al frente del cementerio;
nosotros con el misterio
seguimos tras el cortejo,
perdidos entre los viajeros,
fingiendo pena y criterio.
Bajan la urna plateada,
con una calma absoluta;
las flores en esta ruta
van todas muy perfumadas.
Brilla la tumba escarbada
rodeada por los presentes,
que hablaron pomposamente;
flamearon varios pañuelos,
y unas señoras con velo,
llevaban oro en los dientes.

Sergio Pisani
Como nací pat’e perro
Como nací pat’e perro,
ni el diablo m’echaba el guante:
para la escuela inconstante,
constante para ir al cerro.
Lo paso como en destierro,
feliz con los pajaritos,
soñando con angelitos;
así me pilla fin de año,
sentada en unos escaños,
¡quisiera ser arbolito!
No hallaba fiesta mayor
que andar con Tito en las rosas
cazando mil mariposas,
sanjuanes y moscardón,
palote y grillo cantor,
luciérnagas relumbrantes,
arañas preponderantes,
baratas y matapiojos,
hasta el dañino gorgojo
para mi hermano estudiante.
Para envolver los bichitos
yo rompo mi silabario,
porque un valioso insectario
está preparando el Tito.
Les clava un alfilerito,
los forma en el calabozo;
parece qu’están rabiosos
porqu’ empezaron un baile
con las patitas al aire,
molestos y fastidiosos.
En otra ocasión partimos
hacia el estero Las Toscas.
¿Por qué habría tanta mosca?
Yo nunca lo he comprendido.
Espérame por los guindos
–me dice de un de repente–,
voy a probar la corriente
de tal famoso canal.
Al punto yo empiezo a dar
de susto, diente con diente.
Cuando lo vi por los aires
en dirección al raudal,
llorando empecé a clamar:
Ampáralo, Santa Maire.
Mas él, con mucho donaire,
navega cual soberano
por el raudal inhumano,
que se ha tragado inclemente
bañistas muy imprudentes
verano sobre verano.
Después de pasado el susto,
seguimos por el camino
sembrado de pasto fino,
de refrescantes arbustos.
Al cabo de unos minutos
diviso los mutillares
cayendo cual granizales
pintando de rojo el suelo.
Lo ha sacudido un chicuelo
de fuerzas descomunales.

(Fuente: Revista Haroldo)
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