domingo, 17 de octubre de 2021

Ramsés Yunan (Egipto, 1913-1966)

 

Variaciones sobre el Verbo Cubrir

Ramsés Yunan 
 
 

En el fondo de mí mismo, siento el vacío, un desierto sin cielo y sin luz. El gusto de la arena en mi boca. Y el vacío, en principio, no sufre el movimiento dialéctico.

Siento también el deseo absurdo de negar el vacío. Necesidad de locura. Negación de mi materialidad.

Alrededor mío siento el vacío hasta perderse de vista; mis ojos se pierden en él. No existe cubre vacío eficaz; ni el ruido de los cañones, ni las sonrisas de los recién nacidos, ni siquiera la lucha de clases.

Experimento igualmente el deseo absurdo de atrapar, en la esquina de alguna calle, algo asombroso, un objeto que responde a mi locura.

¿Vacío y Locura serán dos términos activos de una dialéctica desconocida? ¿Pero cuál será el tercer término?

Me apego a mi locura sin la menor esperanza de conquistar el mundo ni de destruir el vacío. Pero quisiera verla extenderse, comunicarse. Imagino un juego surrealista en el cual participarían miles, millones de seres…

No Quiero “camaradas”, pero sí cómplices en un mismo crimen: penetrar el vacío, violar el vacío.

Horrorizado por el vacío, el hombre se aferró a un pedazo de tierra, creó la propiedad privada, el Estado, la Ciudad, la Nación, el Imperio… tantos abrigos con muros dobles, detrás de los cuales el hombre se siente protegido contra el desierto y la noche.

Ya no es posible engañarse por más tiempo, las famosas fuerzas productivas, las fuerzas motrices del desarrollo social, son también fuerzas protectoras contra la angustia de la soledad.

La interpretación de la historia en función de las antítesis amo-esclavo, patricio-plebeyo, capitalista-proletario, opresor-oprimido, pierde todo valor consolante; basta recordar que todas las prisiones han sido construidas por esclavos.

Desde las pirámides, y desde las cúpulas, hasta el Estado Soviético, el hombre no ha cesado de buscar “con qué cubrirse”, por temor a su elemental desnudez que se lanza en un nuevo negocio. “Estoy cubierto por mi jefe”, dice el empleado prudente (o el ministro pusilánime) que teme asumir responsabilidades. Este verbo defensivo se aplica inclusive (especialmente, quizás…) al acto amoroso donde la mujer es “cubierta” por el hombre. Siempre se trata de estar cubierto por alguien o por algo. EL TIRANO ESTA CUBIERTO POR DIOS.

Las antítesis Vacío-Locura, Desnudez-Cubierta no hacen parte del sistema marxista, el cual se limita al análisis de la evolución de los regímenes, es decir, de nuestra vida a través de las prisiones.

Sin las prisiones, no hubiera existido la HISTORIA. El hombre desnudo frente al vacío, con su delirio a la vez como único recurso y único desafío, escapa a toda definición científica.

Así, el materialismo histórico es científicamente incapaz de definir aquello que se sitúa en este lado o más allá de la “vida cubierta”, de la “vida regimentada”, de la “vida determinada”, en resumen: de la vida en prisión.

Marx no hubiese podido referirse al Porvenir sin recurrir a la poesía, es decir, a una de las vías de acceso a la locura.

El slogan: “¡Transformad el mundo!” sólo llevará a una transformación de régimen, si no comporta en él un llamado para terminar con la historia.

Pero el fin de la Historia nos despojará hasta de la sombra de nuestras vestiduras y nos arrojará, Locura desnuda, en el vacío. Ahora bien, ¿Cómo dar este trágico salto cualitativo? ¿Cómo querer saltar en el vacío? ¿Cómo desear la desnudez? ¿Cómo, finalmente, dar a nuestra locura forma positiva si permanecemos atados a una Trinidad Dialéctica que, por definición, es sólo el reflejo en el espíritu del movimiento material de una SOCIEDAD cuyo funcionamiento psicológico es crear y recrear al infinito sistemas abrigos, Regímenes-Uterinos?

Un sindicato o un partido revolucionario pueden servir, igual que una Iglesia, “de envoltura, de matriz de recambio.”

El fin de la HISTORIA, como el fin de la vida uterina, es inimaginable. Sólo depende de la intensidad y de la extensión de nuestra locura.

 

La Part du Sable. Nro 1, 1947

Ojo de Aguijón. París. Nro 3-4. 1986. Págs. 13-15.

 

(Fuente: La Mecánica Celeste)

 

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