La utilidad de la tarde
El
ojo frío del armisticio no está protegido por cristales. Sólo las rosas
se ladean cansadas en los diagramas de la amistad a veces con una
lágrima y a veces con una sonrisa trenzada en los bordes del débil
poblado. Naturalmente unas poleas en vez de los teñidores se apoderan de
las almas de los nuevos vasos de la rubia playa y sobre su blanca
redecilla una mujer afortunadamente despierta rompe las últimas
almendras de la noche. Todos los demás trozos reunidos no bastaron para
erigir como se debía y como lo deseaban el edificio de dos cimas porque
en su extremidad hacía milagros el ubérrimo árbol de la oscuridad.
en Altos hornos (1935), incluido en Antología de la poesía griega. Desde el siglo XI hasta nuestros días (Ediciones Clásicas, Madrid, 1997, ed. de José Antonio Moreno Jurado).
(Fuente: Asamblea de palabras)

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