ARMONÍA Y VISIÓN DEL DESTINO DEL POETA
ARMONÍA Y VISIÓN DEL DESTINO DEL POETA
A Fernando Cabrices
Si no fuera por nosotros,
¿qué sería del pichón de golondrina muerto en la nieve?,
¿qué de la delgada espiga que en el tejado cambia signos
con la veleta que en la torre toma el pulso del viento,
y de la impercibida florecilla
nacida entre la vibración de los telegramas?
Si no fuera por nosotros,
¿quién daría geografía e historia
del pájaro que cantó una vez sobre esa silla de madera derruida?
¿Quién oiría la explosión del grano de anís,
y vería el ángel que se escapa del lirio que se abre en la madrugada?
Si no fuera por nosotros,
¿quién recordaría el viento
que una noche sopló largamente sobre esa guitarra?;
¿qué se sabría de la tímida canción que busca rumbos en el polo,
y de los niños que se murieron en la voz religiosa del órgano,
y de la hojita 31 naciendo y muriendo en el alba primera de enero,
y de la estrella que en el basurero le nació a la cacerola abandonada?
¿Y quién traduciría esos pequeños cables, sin radios ni periódicos,
"se extravió tras el árbol la hormiga embanderada",
"perdió una pata el grillo", "anoche se murió el escarabajo"?
Si no fuera por nosotros,
¿qué se sabría del cataclismo de la gota de agua,
y de los campanarios y las torres en la ciudad de las estalagmitas?
¿Quién se mojaría los cabellos en la lluvia del humo hacia los cielos?
¿Quién daría memoria y cuenta del jazminero y del almendro,
y contaría la fábula de la medusa y de la mariposa?
Si no fuera por nosotros,
¿quién adivinaría la luna de aquel dedo,
y la harina y la miel de aquella garganta
en la vidriera de la casa de empeños,
y escucharía, con el corazón alto y gimiendo,
la cigarra profunda nacida en la máquina de media noche?
Si no fuera por nosotros,
¿quién derritiría la oscura geometría de los cañones y ametralladoras
en el fuego de las maldiciones,
imprecaría los índices medrosos que en el verde fraterno de los mapas
marcan rumbos de crimen y conquistas,
y lloraría con llanto interminable de limón y de áloe,
la negra muerte-muerte, sin flores y sin tumba,
de los niños —¡cuánta sombra y horror!—, sacrificados?
¡Oh, nosotros, nosotros!, los desvelados, los perseguidos, los infatigables,
puente tendido para llegar los otros
hasta el fondo secreto de las cosas,
hasta esa parte casi humana
tan cercana a nuestra propia esencia.
Por nosotros rompe el Sol en los cielos sus redomas de luz y de colores,
y gira el mundo entre aire de violetas
sobre un eje de música y destinos.
¡Sí, nosotros nosotros!, los del ojo dispuesto y el corazón alerta,
los del soplo de Dios sobre la frente.
Las ventanas prismáticas de este palacio amargo,
de tierra y mar y cielo y hierro y muerte.
¡Sí, nosotros, nosotros!,
los que sabemos que la diferencia entre el sol y las sombras es la rosa;
los que descubrimos la ignorada estrella, antes del logaritmo y de la lente;
y hemos oído una tempestad con el oído atento sobre una bellota;
los que tenemos el corazón de pan y miel y seda;
los que vamos pasando por la vida como pasan los astros por la noche.
Los que cuando chocamos con la muerte
nos rompemos en luces como un cristal lanzado contra el muro.
¡Venid hacia nosotros¡ Tú la menuda hierba,
tú, el átomo de piedra,
tú la brizna de árbol,
a tomar nueva vida en nuestras manos,
y a ser en ese todo inconmensurable
entre cuyas penumbras misteriosas dirigimos la luz.
En: Maravillado Cosmos / Monte Avila Editores, 1990
(Fuente: José Luis Ochoa)
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