Andrés Bello
Navegué toda la noche
con la mirada fija en los días por delante,
con el miedo apretado en los puños.
Algo de la Tierra que dejé atrás
ha labrado mi sombra y mi abismo,
y aún no sé de qué patio,
de qué puerto sin brillo partí
con los sueños desvanecidos.
Pero sé que no habrá regreso,
porque nadie vuelve
para atizar los rescoldos
de su propia ceniza.
Corifeo
Vengo de gritar tu nombre,
de clamar a la vastedad de la noche
una palabra inofensiva
que sonó como el nombre de una patria.
Vengo de gritar que Malintzin ha muerto
y que su corazón quedó torcido
como el alma de sus hijos,
que Cortés llora la ausencia
mientras ordena las cargas sobre las muchedumbres,
y los pueblos se dispersan
como archipiélagos marcados con tiza.
Vengo de gritar tu nombre,
pero eso no importa,
la noche es blanca en los Andes, y estoy solo,
y necesito una mujer que no diga
que no es tiempo para el amor,
que amar en estos tiempos
es lo mismo que flotar
como un cadáver frente a las playas;
por eso grito tu nombre
y traigo estas piedras del Chimborazo y el Aconcagua,
la arena sedienta del desierto de Sonora,
y este buchito de agua del lago Titicaca
para que sonrías
y pronuncies mi nombre,
que no recuerdo,
que me fue arrebatado,
y que quiero escuchar de tus labios.
La noche es blanca en los Andes.
Yo vi los triunfos en Cochabamba,
en Guanajuato,
vi a Hidalgo y a San Martín admirarse
cuando Quetzalcóatl sangró su miembro
sobre los huesos polvosos de Lautaro y Cuauhtémoc
para tornarlos al mar de la vida como hombres nuevos
y luchar por el país que pendía bocabajo como un ahorcado.
Vengo de gritar tu nombre,
de enseñar ola tras ola el mar de mi desesperación.
Vean mi sombrero, vean mi reloj,
yo pude ser Margaret Thatcher
y ganar una guerra más grande que ésta,
y hablar de países lejanos,
y poner mi bandera en islas
donde me cabe un solo pie.
Yo pude ser Pancho Villa
o Ernesto Guevara o Sandino,
y agitar en el aire nuevas banderas,
y llevar en la garganta
como un solo canto a nuestros pueblos,
pero las banderas se han vuelto trapos
flotando sobre los paredones,
y yo sólo soy un montañés
que no pudo ser un vagabundo de los puertos,
que no conoció los bares flotantes
de Rotterdam ni de Marsella,
y en cambio miró a Mar del Plata,
a Cartagena,
a Valparaíso,
y pudo sentir el rumor de todos los mares,
y los labios salados
de todas las mujeres de las costas.
Vengo de gritar tu nombre,
de ver a los marinos que tienden las velas,
y confían a los mares su destino.
Los heraldos han dicho
que la pampa está en llamas,
que arde el sitio en Cuautla,
que Morelos agita el doliente de Hidalgo,
que el Pacífico y el Atlántico
revientan en los cascos de los barcos,
que una mujer pasea sus lamentos
en las calles angostas:
No vendrá nadie
a contar tu ceniza,
nadie gritará tu muerte,
invocarás su nombre,
pero ella no vendrá,
nadie te espera,
nadie te ha buscado nunca.
La noche es blanca en los Andes.
A diario cantamos un epitafio,
una historia más de desamor.
Todo el continente es desamor,
no un viñedo mendocino
abriéndose paso hacia la cordillera,
no el desierto boliviano buscando la salida al mar.
Vengo de gritar tu nombre,
pero eso no importa,
siento que he gritado todo el amor
y toda la desolación de nuestros padres,
sin dejar de estar solo,
sin dejar de tener miedo,
como un marinero a la deriva
que sólo espera el grito de las sirenas.
(Fuente: Primera página)
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