martes, 11 de mayo de 2021

Evan S. Connell (Kansas City, EEUU, 1924 - San Francisco, 2013)

 

 

Puntos para una rosa de los vientos


Fragmento inicial



Permíteme empezar esta historia, como todos los mitos verdaderos,
con la afirmación de que nunca he conocido a mis padres.
Y, a continuación, permíteme que me describa. Mis facciones,
excepto cuando me siento animado, expresan indolencia y desidia.
Suelo mantener abierta la boca, de labios húmedos y sensuales,
porque tengo problemas para respirar por la nariz.
Los ojillos, marrones, miran hacia adentro. Como puedes suponer,
me paso los días solo, por no hablar de las noches.
¿Sabes quién soy?

Puede que un profesor de teatro clásico me criticara
por dirigirme a ti con tanta confianza, y quizá señalase que
el poeta ha de fingir que habla consigo mismo
o con otro. Pero estoy harto de trucos manidos.

Escucha. He decidido irme de viaje. Me voy a Padua
como Nicolás Copérnico, para estudiar la cosmografía de Aquellini;
como Andrés Vesalio, para visitar a los maestros de la anatomía;
como Alberto Durero a Florencia. Cuento con volver
menos ignorante, y estás invitado a acompañarme.
¿Qué dices, pues? Ven conmigo. Viajemos juntos.
Dios, nuestro soberano, tiene el deber de proteger a Sus vasallos;
pero, con o sin Él, iremos de aquí para allá
por caminos polvorientos y elegiremos el conocimiento
como punto de partida. Mezclando hechos y tradiciones,
interpretando la experiencia según su propósito moral,
adoptaremos el método de nuestros predecesores medievales.
Pero no lo olvides: los que peregrinan
rara vez se convierten en santos. ¿Entiendes?

Mira. Mi tío está diseñando una catedral,
aunque no se la haya encargado ninguna iglesia.
Cuando le preguntan quién pagará los materiales,
no responde, porque, bajo su punto de vista,
el mundo visible no es sino reflejo
de un incomprensible orden espiritual.
¿Está claro?

Lo diré de otra forma. Cito al gobernador de Bitinia,
Plinio el Joven, cuando le escribe, incómodo, a Trajano
para pedirle consejo sobre cómo negociar con los cristianos.
Nunca he participado en interrogatorios…
Así empieza, y el resto de la carta da cuenta
de su angustia y su perplejidad. Trajano responde
mayestáticamente que los cristianos deben ser castigados,
aunque no cree que hayan de ser perseguidos,
lo cual significa que no los considera una amenaza.
Cuántas cosas no ven los emperadores.

Clement Attlee fue el primer ministro británico
que convino con el presidente Truman
en aniquilar Hiroshima. Sin embargo, 16 años después
Attlee escribió: En aquel entonces, no sabíamos nada en absoluto
de los efectos genéticos de una explosión atómica.
Yo no tenía ni idea de la lluvia radioactivani de nada de lo demás…
Pero H. J. Muller había ganado el Premio Nobel en 1927
por sus estudios sobre los efectos genéticos de la radiación.
¿No será que nos gobierna una camarilla de individuos tan informados
como los pastores de Palestina?

Los biólogos que descubrieron estroncio radioactivo en las quemaduras
de los animales expuestos a las pruebas nucleares de Nevada
entendieron muy bien que el estroncio emprende una siniestra búsqueda
del hueso; pero su investigación era secreta,
clasificada bajo el nombre en clave de «Operación Sol Radiante»
y las unidades de estroncio se identificaban con la denominación «unidades
[de sol radiante».
¿Comprendes ahora de lo que quiero decir?

Mira. Los residuos radioactivos duran
miles de años. Mucha de esa basura
—nadie sabe cuánta— está enterrada en zonas
llamadas granjas. Quizá a ti no te importa que te engañen,
pero yo lo lamento amargamente. El odio me alimenta.

Caballeros, nos han inform…

Echan sapos por la boca;
les asoman serpientes por la nariz.

Frost tiene razón: condenados a carreras rotas,
hemos de soportar ser incompletos. Aunque
la desobediencia nos abre alguna alternativa. Tú eliges.

Esta leyenda, inscrita con letras de oro en la torre
de la puerta verde de Kaliningrado, puede guiarte:
Vultus fortunæ variatur imagine lunæ:
Crescit, decrescit, constans persistere nescit.
Significa que el rostro de la fortuna cambia,
y que no sabe permanecer constante.

En las ruinas del pasado se deposita un polvo fino, amigo mío;
nadie conoce el porvenir.

Mi madre solía decirme que tenía un extraño
aire de ensueño, que me volvía indiferente al futuro.
Tenía razón, por supuesto. Pero, como escribió Virgilio,
cada uno se siente atraído por su propio placer.

Mi hermano, con la afabilidad natural del genio,
permite graciosamente que los niños se le suban a la espalda
y que los tontos se aprovechen de su inteligencia. Yo,
menos dotado, no soporto ni lo uno ni lo otro. Como Sócrates,
mi hermano lleva las discusiones hasta sus últimas consecuencias.
Hermoso, iluminado por la sabiduría y la bondad,
me recuerda al hijo de Odín, Balder —al que se consideraba
un ser perfecto—, por su reticencia
a concluir nada. O al músico Ives,
que dedicó años a una intrincada sinfonía
que no pensaba acabar. Trahit sua quemque…

Probablemente te des cuenta de que las ideas se mezclan,
igual que las galaxias se atraviesan unas a otras,
y de que los hombres perspicaces conciben analogías osadas,
como una marea celestial. Te pondré un ejemplo.
Escucha. Nadie niega que la araña teja su tela
con el veneno de su ser ni que el buen vino se escancie
en vasos feos.

Aquí va otro. Los etíopes son sarracenos negros;
a Gengis Kan lo mató un trueno.

Un enjambre de abejas vigila el Danubio; en Damasco,
las cabezas ensangrentadas de los cristianos se apilan
en la plaza del mercado: hay más que sandías.
Lo cual me recuerda al feroz Ricardo Corazón de León,
que partió una barra de hierro por la mitad
para demostrarle a Saladino lo afilado de su espada.
Entonces el musulmán probó lo tajante de la suya
lanzando un cojín al aire y cortándolo con la cimitarra
sin hacer el menor ruido. Era previsible, desde luego,
porque los astrónomos árabes ya calculaban
la precesión equinoccial y el ángulo de los eclipses
cuando los europeos aún creían en un cielo
ornado por cabras, toros, cangrejos y peces.

Mi hijo opina que me obsesionan litigios olvidados.
He intentado explicarle que el amor por la Antigüedad,
en sí mismo, no es la razón, ni tampoco el engreimiento,
ni un sentimiento de condescendencia, sino el deseo
de desentrañar el comportamiento del Hombre —cómo ha llegado
a ser lo que es— y de seguir su arduo descenso,
por espesuras innumerables, hasta el presente.
Me gustaría que volviéramos a descubrirnos en nuestro primer gozo
y nuestro primer dolor, en nuestro asombro y nuestro afán creativo,
en nuestro éxito y nuestro más absoluto fracaso, y en todo lo demás.
No creo que me hayas entendido. Tanto peor.
Quizá me alcance o quizá no.
No esperaré a nadie.

[…]
 
[Versión revisada y ampliada del texto de presentación del libro en la librería Enclave de Madrid, 14 de febrero de 2020]


 




Traducción: Eduardo Moga
Fuente: El Cuaderno. Cuaderno digital de cultura

"Esta obra constituye, desde su título, un viaje por la historia y el conocimiento humanos; sobre todo, por la estupidez y la crueldad del hombre. Pero este viaje —señalado a lo largo del libro por diferentes coordenadas geográficas— no es lineal, sino circular; ni individual, sino plural, más aún, multitudinario; ni exterior solamente, sino también interior. Puntos para una rosa de los vientos no es un poemario convencional. Su lirismo no emana de la dicción exaltada ni de la síntesis introspectiva, sino de la desnudez de los hechos. Connell se sitúa, pues, en la estela objetivista de Charles Reznikoff y George Oppen. Los datos que aporta, así como las crueldades y sevicias de la historia con las que ilustra su irónica y desquiciada meditación, destilan, en ascética sucesión, una pureza metálica y una perturbadora capacidad de suscitar asociaciones y ecos que multiplican su sentido, como incumbe a la mejor poesía."
EDUARDO MOGA (fragmento del prólogo) "Puntos para una rosa de los vientos", Godasll Edicions, 2020 

 

 

(Fuente: El poeta ocasional)

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