viernes, 10 de julio de 2020

Héctor Giuliano (Piamonte, Italia, 1947)



Mi vieja
era sirvienta.
Lavó mierdas ajenas,
destapó baños,
colgó de la soga
trapos menstruales,
raspó ollas, rompió platos,
que le descontaban,
aguantó los cacareos, las histerias
de las señoras y sus coloretes.
De vez en vez,
le regalaban ropa usada,
"está limpita",
comida,
"para no dársela a los perros",
y cuanta porquería amasaban
en chalecitos y parquecitos,
amantes y autos nuevos.
Muda, "una tumba, doña Tere",
avara de comentarios.
 
Lloraba,
en esos días desolados
que la lluvia se encaja en el barro.
Lloraba:
la salud de mi viejo,
las recompensas minúsculas
que jamás dieron frutos,
los incomprensibles vericuetos
desmadejados por la recta conducta.
Recordaba,
el borgo perdido en el Deep Piamonte,
la visita de la Regina e del Re
en aquella deslumbrante carroza dorada,
1919, el temblor de sus manos
cuando sus majestades recibieron
el perfecto bordado de esa adolescente
que pastoreaba ovejas y cabras
en las fértiles colinas boscosas.
"La Sagrada Familia":
a punto repulgado y festones gloriosos.
Las envidia pueblerina
limó sus clavos.
Bailó el spirú, concurría a las Ferias,
se pintaba, reía y bailaba feliz.
Mi viejo/novio en el boliche,
jugando a las cartas, a las bochas,
a la murra. Un vaso de bon vin.
Mi vieja no era comunista, no tenía idea.
El único voto rebelde del pueblo le fue adjudicado.
Ella no votó. Nunca lo hubiera hecho.
Sólo quería apartarse
de las lenguas facciosas
y la serpiente aldeana
que dejaba coágulos suspicaces
la empujó a tierras americanas.
Aquí fue peor.
Vagó de alquiler en alquiler,
de provincia en provincia,
de necesidad en miseria,
hasta que los 97 años de su nacimiento
la llevaron ángeles difusos
quién sabe dónde.
 
No escribo estas palabras
para atraer compasiones,
falsas denuncias sociales,
comentarios de clase
o cualquier sentimiento
que pretenda suprimir
mi simple y conflictivo amor de hijo,
mi atornillado rencor
siempre resuelto como
un caudal de ruidos muertos
y tan cobardes que me duele la garganta
de pensar.
Las escribo,
porque la rabia
que destilan
me sirven para resollar un poco más
en este mundo de farsantes
y llorones de punta, en cuero y en tiento.
 
 
 

- Inédito-

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