jueves, 11 de junio de 2020

Martha Kornblith (Lima, 1959 - Caracas, 1997)



Por eso me volví poeta
porque pasa lento el tiempo en la soledad.
¿No es apenas un peligroso instante
lo que sostiene nuestra cordura?
¿No depende la locura
de nuestra única, frágil cuerda?
¿No pende ella de un sólo término,
del preciso término,
aquel que nos salva
o nos condena?




He visto a un poeta escribir
acerca de la inutilidad de la poesía.
Ellos, en el final de sus vidas,
se vuelven caóticos y telúricos,
reflexionan sobre el cosmos,
denigran, con justa razón, del poema
mientras sus manos convulsionan
sobre un vaso de whisky
y vuelven al tormento inicial
que se expande ahora a las dedicatorias.
Dormitan sobre sus carátulas
pero ya no conspiran, como otros, en los salones.
Buenos y visionarios
no confiesan  nunca su debacle,
están sobre el fin del mundo.
Lloran porque la palabra se ha vuelto estúpida
y se preguntan si ha sido legítima la espera.




Hoy termino de aprender
que no hace falta
sólo un íntimo comienzo,
la palabra conclusiva
que lo vincule
y lo enlace todo,
que para escribir un poema
(dulce y ahíto recodo)
hace falta fundar
en las estrofas
un lugar donde permanezcan
nuestros silencios.
Tampoco bastan las sentencias,
gesto final y tardío:
(esta ocupación, la más
inocente de todas )
es preciso que el amor
se instale en leve abrazo
y anude las palabras
(tampoco se llega lejos).
Es necesario descifrar
la exacta medida, el vínculo necesario
donde surgen las hipótesis,
adentrarse en el punto decisivo
en que se cruza el verbo y
la mirada.




No he cambiado mi forma
sólo le he dado un nuevo destino a las palabras.
Te sorprenderás de esta nueva manera de darme,
estoy harta de esta manía de suicidarme
en cada verso, cada ocaso
quizás sea  así,
probablemente la partida.
No he cambiado mi forma
Sólo he decidido disimular
esa costumbre trágica
de abandonarme en el inicio
y reanudarme en la caída.
No he perdido el motivo,
he retomado mi manera habitual,
he reanudado el proceso,
no he perdido mi hilo central,
esa forma triste de designarme
en cada línea.



Antes de que la vergüenza
borrara el recuerdo de los crematorios,
un filósofo pidió al mundo
que no se escribieran poemas.
Escribir un poema
después de Auschwitz es imposible
-dijo-,
es una barbaridad.
¿Qué escribir sobre el color gris,
las fotos de los cabellos,
los lentes y los cadáveres?
Ese filósofo -Adorno-
prohibió cantar a los pájaros.
No había mucho que decir,
en tanto,
esos hombres no aprendieron poesía
en Treblinka.
Nunca quitaron el polvo de sus pocilgas,
ni superaron la envidia del gato.
Günter Grass
se volcó contra el mandato de Adorno.
Quería poner a prueba su talento.
Escribió un poema llamado Ascesis:
Tienes que utilizar ese traje nuevo.
Tienes que vivir de la orina
de los riñones mal lavados.
Esto recordé cuando iba a escribir
un poema.

No hay comentarios:

Publicar un comentario