Como me volví imposible
Nací tímida, con una incapacidad congénita para hacer nada lucrativo, para ver nada en colores, para que me gustaran las ciruelas, con una marcada aversión a viajar alrededor del cuarto, lo que es absolutamente normal en los bebés. ¿Quién escribió esto? fueron mis primeras palabras. No me gustaba estar prendida fuego. Cayó más nieve de la que fui capaz de derretir. Los ojos se me pusieron verdes y a su debido tiempo viajé a otros países donde me formé opiniones sobre objetos duros, fríos, relucientes y cosas suaves, cálidas, peludas. De grande, se me suscitó una pasión por los caquis y me llenaba de júbilo cuando llegaba una postal para los recientemente fallecidos. Me volví reacia, y empecé a pasar cada vez más tiempo en mi bote de remos. Toda mi vida creí que los osos polares y los pingüinos se criaban jugando juntos sobre el hielo, compartiendo la vista, los bocados de grasa de ballena y los refranes inocentes. Un día leí una revista científica: en un polo no hay pingüinos, en el otro no hay osos. Estos dos, que por tanto tiempo habían sido íntimos en mi imaginación, empezaron a alejarse, cada uno en su témpano, hasta perderse en los mares de hielo. Me di cuenta de que me estaba volviendo imposible, cada vez más imposible, y de que verdaderamente un día se haría realidad.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg Dib
Para cerrar la semana, una faceta distinta de Mary Ruefle: sus libros borrados. A Little White Shadow (2006) es el más conocido. Ruefle tomó un volumen victoriano casi olvidado, lo cubrió entero con corrector líquido y dejó a la vista apenas unas palabras por página. A veces añade un dibujo, una figura anatómica, un diagrama. No busca restaurar el texto original ni comentarlo; lo vuelve otra cosa. El resultado es una mezcla de poema, objeto intervenido y arte conceptual, movida por la misma lógica desviada y juguetona de su poesía. Una manera propia de atender a lo que queda cuando casi todo desaparece.

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