Beso del sol
Si, como dicen, la poesía es un signo de algo entre la gente, dejemos algo concertado desde ahora entre nosotros, mientras todavía somos gente: que al final de los tiempos, que también son el final de la poesía (y del trigo y del mal y los insectos y el amor), cuando toda la raza humana se reúna en carne y hueso, reconstituida hasta el pliegue más ínfimo y la uñita más diminuta del bebé, yo voy a estar parada al borde de aquella multitud insondable con una naranja para vos, reconstituida hasta su semilla más íntima, protegida por filamentos blancos, en caso de que tengas sed, lo cual no pareciera ahora mismo una suposición descabellada, y aunque entonces no habrá poesía entre nosotros, y al final de los tiempos, con los gansos extintos con los mares, espero que la aceptes, y recuerdes en la tierra que yo no sabía tocarla, todo estaba en carne viva, y si acaso la multitud no tiene bordes ni otra cosa de la que yo pueda ser parte, voy a agarrar la naranja y tirarla para arriba lo más alto que pueda.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg Dib SEMANA MARY RUEFLE
Mary Ruefle nació en 1952 en Pensilvania. Publicó libros de poesía y prosas breves: ensayos, conferencias, piezas inclasificables. Vive en Vermont, da clases, y a veces se retira a escribir en una cabaña sin electricidad en el medio del bosque. No usa correo electrónico.
Su poesía suele ser dicharachera, precisamente porque no se propone decir nada en particular. Avanza por asociaciones, como se salta de una piedra a otra para cruzar un arroyo: una imagen concreta lleva a un recuerdo improbable, que se vuelve hipótesis, ocurrencia o simple digresión. Ruefle escribe como quien, encandilado por el sol del mediodía, adivina el mundo con los ojos entrecerrados. Detrás de esa luz en exceso hay, sin duda, una sombra: Ruefle la hace brillar salpicándola de un humor casi siempre absurdo y un estoicismo disfrazado de ternura.
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