Hoy me levanté y escribí café
y de inmediato una música
de chorro de vapor
tomó papel y tinta
y se puso a preparar una taza
no digo mate
tu nombre me sabe a yerba
y
temo decir asado un día
y que un fuego retórico incendie todo
una vez me puse en lucha
con la palabra amor
y ya había una fila de muñecas inflables
con inteligencia artificial
venidas de Miami golpeando a la puerta
aún las máquinas no advirtieron
que me las agarro con la palabra muerte
porque si no se hubiera llenado de cenizas la casa
cenizas a las que no les hubiera hecho falta
fuego caricias ni verbos de conjugación intrépida
ni sombras que fugar ni dinero bien habido
ni enterradores nada con que oponerse
al gobierno de la poesía
porque por más que las máquinas estén reemplazando la poesía nunca tendrán
el último disparo la última mortaja
o el último beso.
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