AL FINAL
piezas de ajedrez caídas, música de bocinas y
chirrido de autobuses, el viejo banco de roble
con huellas de termitas y carcoma ya no está
donde solía ampararme; no oigo el aleteo
de palomas voraces, ni el gorjeo de gorriones, o
el canto de Donna, vieja nómada que sabía
quedar a mi lado.
La oscuridad, ilumina
la desnudez de la soledad y el llanto de sauces
que no enjuagan lo intimo del paisaje, recuerdo
en un chispazo sitios desconocidos, caminados
con ausencias que son como noches alumbrando
despojos, deseos entreabiertos.
Inconstante,
la brisa, disipa la neblina, prepara para entender
que los que se van permanecen en rendijas
por donde se cuela lo que queda de mí, al final no
sé, si en los setenta el compañero que en la calle
me esquivó cuando intenté saludarlo
me ninguneó, o salvó mi vida.
(Fuente: Esto es Meta Poesía)
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