martes, 21 de octubre de 2025

Rita González Hesaynes (Azul, Buenos Aires, 1984)

 

 

Puede ser una imagen de una o varias personas, flequillo y césped 

 

 

INVARIANCIA DE LA VELOCIDAD DE LA LUZ

 

Vos, amor mío, el meteoro
que vimos destellar esa noche, el gato
tuerto de la tía Agustina, este sol
que se filtra por la persiana baja
de tu pieza, nuestras promesas
dichas al pasar y así de breves, todo
pasa a la velocidad fija de la luz,
aunque una parte de ese movimiento
atraviese el espacio y la otra parte,
el tiempo:
 
               el gato en el sillón, adormecido,
atravesando ágil su veintena de años;
el resplandor solar que nos atigra
surcando las distancias a la máxima
celeridad, detenido en el tiempo
y siempre joven; en algún punto medio,
la estrellita fugaz a la que le pedimos
cada uno un deseo, que eran el mismo
y no, ahora que una década
nos ha modificado de forma
irreversible y ni siquiera
las palabras que me dijiste entonces
conservan su significado.
 
Las células de luz varadas
en el tiempo, viajando únicamente
por las dimensiones espaciales,
los cuerpos en reposo envejeciendo
a razón de un segundo por segundo,
una ecuación estable que hay que agradecerle
a la Relojería Universal, aunque no logre
explicar lo veloz del deseo (superior al fotón
maratonista) ni la memoria tuerta
que va y viene en el río de las horas
con su botín magnífico:
 
                                       el gato de la tía,
la piedra encendida de tus ojos rezándole
a la piedra encendida en la alta noche,
tu espalda aún cerca mío, rayada por el sol,
el tartamudeo del amor, tejido en verso.
Ladrillos, abalorios del juego narrativo
de la mente que trama sus historias
dignas de ser contadas, sus justificaciones,
alguna escena que nos mantiene insomnes,
una canción, los rostros familiares,
por qué no nos tiramos del undécimo piso,
la idea aleatoria con la que abandonaremos
el plano de los vivos, ya mil veces reescrita
en el presente simple del cerebro
y aún así vencedora, pisando la cabeza
serpentina del tiempo, que entre dientes
venía a pavonear su cola.
.....


(Fuente: Daniel Freidemberg)

 

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