Pumas en la Patagonia
reseca por los vientos, la piel del animal
exhibida en los alambrados
va tomando un aspecto mineral.
La carroña se fue, y el olor,
y solo en la inmensidad de la llanura
el despojo advierte apenas lo inevitable de la muerte
y la disolución.
Los cazadores que dejaron la piel como advertencia
de otros predadores ignorantes de la ley
de las alambradas
se revuelven en sus camas y en sus casas.
Temen por sus posesiones, se aferran a ellas
y a las armas que las custodian.
El sueño intranquilo,
la vigilia expectante,
sin tiempo para el goce de aquello que poseen
con tenacidad y gula.
En la noche, sigilosos,
otros pumas, otras sombras,
otros vientos silenciosos pasan
y vuelven a pasar
porque nada los detiene
en la inmensidad del tiempo.
Miguel Gaya - inédito
Foto: Darío Podestá
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