sábado, 18 de octubre de 2025

Carlos de Rokha (Valparaíso, Chile, 17 octubre 1920‒Santiago, 29 septiembre 1962)

 

 

 




SALMO AL PRÓFUGO

 

¡Ah, inexorable espanto! ¿Me dejarás desatar las redes que atraen las olas a mi lámpara?
Niego las visiones que amaba antes
de tu jubilosa posesión. Porque todo lo crea el terror.
Hasta el mar que golpea mis sentidos con sus ángeles.
Sobre un fuego que nadie cruza.
No está demasiado lejos de mí.
Para que sus ardientes talismanes me coronen en la selva.
Donde otros ven pasar la eternidad.
Si tú estás ahí, yo voy detrás de ti.
Mas si quieres ser el mismo mar.
Yo me vuelvo un inmenso pez.
No demasiado invisible se extiende a tu abisal comarca.
Yo lo hago errante. Su encantamiento os posesiona.
¡Oh, prófugos de vosotros mismos! ¿Dónde estaréis mañana?
Sólo los más ciegos volverían al pasado.
Y la única verdad es seguir adelante echando fuego por la boca.
 
¡Matad las pequeñas pasiones!
¡Matad la realidad!
¡Matad el crimen del sueño!
¡Matad el estéril deseo!
Pues debéis saber que la eternidad se logra sólo a ese precio.
Dejándose matar para vivir.
Dando la vida en vez de brillantes regalos.
Y así se destruyen las disidencias.
El placer reside en continuar.
Tenderse a escuchar los pasos que a cada instante damos hacia otra eternidad.
Sin embargo, pasad ilustres corsarios de la nada!
Seguid, amantes de mi crimen!
 
Yo estoy armado hasta los dientes de razones.
Mi propia voluntad me convertirá en las amables cenizas de un cadáver futuro.
Es necesario arrojar al mar nuestros esqueletos.
El mar abre su boca limpia su abismo.
Su abismo muestra las más terribles visiones.
Entre sus mágicos carbones ya nada he de temer.
 
Debo seguir de puerta en puerta hasta la eternidad.
La más remota eternidad es la más bella.
 
 
Fundación de los sueños (1936-1937)
En: El orden visible (1956)
En: Poesía chilena de hoy. De Parra a nuestros días (1988)
Selección de Erwin Ramírez
Santiago de Chile: ediciones/ metales pesados, 2012, pp. 128-129
 

(Fuente: Óscar Limache) 

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