martes, 21 de octubre de 2025

Ben Lerner (Topeka, Kansas, EEUU, 1979)

 

 

La rosa

 

En algún momento me di cuenta de que las preguntas eran las mismas preguntas. Estoy estudiando el sesgo racial implícito en los bebés. Estoy rastreando la aparición de la economía del crédito. Las implicaciones para la música popular del hecho de que las estrellas no parpadean –la perturbación aparente de los astros es apenas una fluctuación del medio– es algo que queremos entender. Por ejemplo, queremos entender cómo cambia nuestros recuerdos de la hora de dormir. Un destello verde. Parpadea parpadea. Qué gracioso, dice un hombre en el patio interno, estoy estudiando ese mismo interrogante. En otros términos. Vivo la pregunta con la mayor amabilidad posible; de hecho, por eso vine hoy de voluntario. Hay que reconocer que el personal lo está haciendo muy bien. Toma un sorbo de té de un vasito de cartón. Después describe una experiencia de desfibrilación. El otro día fui a ver el reperfilamiento de una colección permanente; la abstracción se había visto degradada. Tenía ideas complicadas al respecto, que me llevé conmigo al sol invernal, donde caí en la cuenta: Es la misma pregunta, que me restriega la cara contra su ingle. Un llamado a un amigo que agoniza. Para la música popular, las implicaciones son profundas. El ritmo le da forma al sentimiento. Así puede resurgir la abstracción, lavándole el dominio, con un tinte azul para la tradición, estrellita. Sólo así es posible plantear la pregunta, sostener con las manos la pregunta, soplarla suavemente. Su reclinarse, una necesidad que facilita el desenfreno analítico. ¿Tu mamá sí te escucha, habida cuenta de su nivel de ansiedad? Para usar un ejemplo tomado de mi vida, duermo con la cabeza debajo de la almohada. Creo que es bastante común en los hombres de mi edad. ¿Pero tenemos suficiente registro de esos ritmos conductuales al extenderse a una generación? Ahora entra en foco un propósito del arte, que deja una brillante aureola alrededor del cuerpo. La incapacidad del psicoanálisis de explicar las leches vegetales. Cómo a los humanistas les chapotea en los labios la palabra “trabajo”. Desarrollo tecnologías predictivas para escenarios complejos. Reproduzco canciones conocidas a baja velocidad para musicalizar imágenes de girasoles que buscan el este. Qué gracioso, dice un hombre. Cuando era chico pensaba que todos los rascacielos eran tiendas por departamentos, me imaginaba que en los pisos de arriba se vendían los juguetes, y cuando cayeron las torres no paraba de imaginarme animales enormes de peluche presas del pánico, y algunos que saltaban para encontrar la muerte. La luna no es el sol de la noche. Me pregunto qué serás. Los carozos de muchas frutas contienen pequeñas cantidades de veneno, y los pelones no son excepción. Nunca dije estas cosas en voz alta, en qué medida su personalidad depende de tener una bebida caliente en la mano, una pequeña exhibición constante de cuidado que contrasta con la crueldad de su discurso. La lana tiene más cuerpo que el rayón. ¿O la etiqueta dice “viscosa”, la sintaxis un sólido que aporta luz y ventilación? Mientras una llamarada azul se extiende por un líquido que se derramó, trato de imaginarme una canción de cuna escalable. Me enseñaron este método de impresión en un sueño. Contiene una contramelodía oculta. Lo único que me acuerdo de tu curso, dijo ella, es que la rosa es obsoleta. Nos encontrábamos en el subte G que iba a Queens y no me decidía a preguntarle por los moretones que tenía en el cuello y la cara.  Salimos del túnel al sol del invierno y se le formó una aureola brillante alrededor del cuerpo. ¿Te puedo hacer una pregunta personal? ¿Alguna vez te dio la sensación de que tus palabras obedecen a asociaciones fonológicas a tal punto que incluso –o quizá especialmente– en tus relaciones más íntimas, el contenido de tu discurso se ve determinado por las exigencias de la forma acústica? Esto dificulta la introspección. Esto desemboca en los problemas que se asocian con el consentimiento. Los vestigios de la memoria auditiva están sujetos a una rápida descomposición, como un diamante en el cielo. Rosa se llamaba mi abuela materna. Sus padres tenían un pequeño almacén en Brooklyn. Contrataron a un chofer para repartir pedidos, que venía muy recomendado. Pero –como supieron cuando atropelló a un peatón y lo mató– no tenía registro. Los demandaron y perdieron todo. Mi bisabuelo se volvió más o menos loco. También le salieron forúnculos. Mi bisabuela murió de tuberculosis en un sanatorio con pisos de cemento. Ninguno de los dos sabía inglés. Rosa tuvo que criar a su hermano menor John en la pobreza, más o menos sola. Muchos años después, a John –que para entonces era uno de los primeros recopiladores de música popular– lo atropelló y lo mató un judío jasídico que volvía a su casa a toda velocidad a celebrar el Shabat. Al final de su vida, a Rosa se le confundían estos dos accidentes automovilísticos. Su papá había contratado a un jasídico que atropelló y mató a su hermano menor. Pero no te lo cuento por eso, me decía. Cuando Rosa estaba en un geriátrico en Cambridge, se convenció de que el personal se colaba en su habitación para introducir cambios sutiles en sus cuadros. Sacaban los lienzos de sus marcos, repasaban los contornos de las manzanas y las peras, y devolvían las pinturas a sus lugares. Mi primo siempre le discutía: Estás loca, cómo van a hacer eso, nadie se mete con tus cuadros. Eso duró cosa de un año. Hasta que un día mi papá –toda la familia había ido a visitarla porque cumplía noventa– se levantó de su silla, se acercó a la pared, se sacó los anteojos, inspeccionó minuciosamente las obras, y dijo: A ver, Rosa, vos sos la que mejor conoce estos cuadros. Hace sesenta años que los tenés. Así que si decís que los están interviniendo, seguro tenés razón. Pero tenés que reconocer que el personal lo está haciendo muy bien. Mirá con qué cuidado vuelven a insertar el papel en el marco. No hay manchas en el vidrio. Rosa se quedó pensando. Tenés razón, dijo, lo están haciendo muy bien. Y nunca volvió a quejarse del personal. Creo que la anécdota sirve de modelo para el crítico de arte, si no de guía para la crítica, en medio de una crisis de los cuidados a largo plazo. Viste cuántos relatos sobre el poder del arte en realidad son sobre el poder de las instituciones, salas de exposición del espíritu. Acá estás, un viajero en la oscuridad. Su rasgo más saliente es el armazón retráctil. Prefiero la corrosión de los metales al desvanecimiento de las tinturas, menos el fin de una era que su hora de dormir. Un día habrá que explicarle que el antiestalinismo, que empezó más o menos como una forma de trotskismo, desembocó en el arte por el arte, y en consecuencia preparó el camino, de manera heroica, para lo que vendría: animales molestos trepándose a estructuras que parecen panales. Videos de sobredosis de fentanilo. Estudio cómo los destellos se esparcen por los ojos. Estoy rastreando cómo las expresiones de descontento con el mundo dado se pueden recuperar mediante patrones sónicos. El idealismo magullado del pelón. Antes de un enfrentamiento físico, las chicas de mi secundaria se sacaban los anillos. Una ceremonia de gran solemnidad y ternura. Como uno de esos juegos infantiles con canciones que también son una muestra de preparacionismo pagano. Círculos excéntricos, aplausos, payasadas. O como una técnica de relajación con visualización de velas diseñada para oponerse al pánico de género que amenaza la interdisciplinariedad en serio. Oraciones de muestra, afectos pop-up. Caminábamos por la playa al atardecer, con la esperanza de ver un destello verde. Mi primo explicaba un problema conyugal, al que insistía en llamar un “escollo”. Siento que más que vivir mi vida, dijo, estoy mostrando los elementos que la componen. Que ni siquiera intentara matar el mosquito que se le había posado en el brazo me pareció un indicador de la profundidad de su depresión. Fue entonces que empecé a preguntarle: ¿Qué revelan las cosas que dejamos? Ahora hago esa misma pregunta al final de cada sesión. Fue entonces que vi un dron gris metalizado que flotaba a unos pocos metros encima de nosotros. La atmósfera curva la luz del sol, separándola en sus colores, como un prisma que curva y divide la luz en arcoiris. Así puede volver a surgir la abstracción.  Le dije: creo que estás confundiendo dos accidentes, el del nacimiento y el del vidrio. En cualquier relación larga va a haber lágrimas, resquebrajamiento, astillas. Si los curadores hicieran lo que quisieran, nunca se expondría nada en el patio interno. Cerca del atardecer, a cada minuto la luz disminuye a la mitad, por lo que un error de sesenta segundos puede causar un daño permanente. Asintió distraído, el fentanilo estaba haciendo efecto. En la cima de las nubes, a lo lejos sobre las montañas, bajo fortísimas inversiones térmicas en altas latitudes: estrellita. Siento cómo se aleja de mí. Una sensación de condiciones dadas, pero para nada en particular. Una sensación de mares y árboles añosos. Después una institución poderosa le propuso a una amiga que curara una muestra basada en su colección permanente. Tenés, le dijeron, rienda suelta. Durante un año, hizo planos para una muestra organizada en torno a la aureola. ¿Cómo cambian las representaciones de la aureola a medida que se complejiza el espacio pictórico? ¿Cuándo las aureolas son sólo luz y cuándo producen una ilusión de volumen? ¿Algunas figuras son conscientes de su aureola o son siempre extradiegéticas? Era de lo único de lo que hablaba, incluso cuando la enfermedad de su pareja se agravó. Pero empezaron a haber cada vez más problemas con la institución: por ejemplo, el transporte era un escollo. A los discos radiantes había que suministrarles irrigación continua. Había que embalar hielo esterilizado en las cavidades. Había que idear un sistema de puntajes justo para los candidatos pediátricos. Al fin, estábamos en uno de nuestros almuerzos mensuales cuando ella empezó a quejarse, como siempre, del personal, y a mí se me escapó: Emma, olvidate, no va a pasar. Olivia, es un sueño imposible. Mia, no hay manera. Todos los nombres de bebé más populares empiezan con “a”. Como el rosé espumante. Polen de hinojo silvestre. Frutas con carozo aderezadas con sal, hojas de laurel y semillas de coriandro. Hay que pensar la cabeza como si fuera la tapa de una olla, que mantiene dentro del cuerpo el sabor de los langostinos. Olivia, Aurora, Cora, Ada, Amara, dije, y ella se puso a llorar. Nuestras copas de agua empezaron a temblar cuando pasó el subte G, pequeñas perturbaciones en el ambiente. Algún día habrá que explicar cómo fue que los monos araña, que inicialmente eran más o menos como monos lanudos, evolucionaron desarrollando un sistema diferente de locomoción, y por ende prepararon el camino, de manera heroica, para lo que vendría: redes de anonimato. En mis amigos, al menos en mis amigos varones, una vuelta a la prosodia tradicional. Pero obvio que jamás hablamos de mí; hablamos de si te van a bardear en Twitter por meter la aureola. Mejor que te patrocinen la diócesis o las grandes tabacaleras. ¿Podremos conseguir un par de nombres resonantes para el catálogo? Poneme al tanto de tu voluntariado en el hospital, me decís, cuando llegan los espressos. Mientras tu pareja se hunde cada vez más en su colchón de espuma viscoelástica, te manda por mensaje de texto el último artículo sobre microdosis. A lo mejor te ayude, emoji de carita triste. El ensimismamiento es impactante. El orador se propone curvar el espíritu con su discurso. El ritmo le da forma al sentimiento. Me eché atrás en la silla, un gesto muy impropio de mí, y tiré sobre la mesa un par de billetes de veinte. Acto seguido, me encontré caminando por Fulton Street, encandilado por el sol invernal, más que un poco borracho. Recién cuando metí las manos en los bolsillos y sentí la presencia de unos guantes desconocidos me di cuenta de que me había llevado un sobretodo negro ajeno. Pero no podía volver así como así al restaurante después de la escena que había hecho. Fui hasta Fort Greene Park y me senté en un banco cerca de DeKalb. Pasé la mano por los bolsillos del sobretodo y me encontré unos cigarrillos Vogue, esos ingleses slim size pensados para el público femenino. Mientras fumaba, me puse a revisar la billetera, que encontré en el bolsillo interno. Efectivo, tarjetas, recibo de la tintorería, etc. También había un pedacito de papel madera que procedí a desplegar, que reveló la siguiente nota manuscrita en tinta violeta: Sé que tuviste un año difícil, pero quiero que sepas que siempre te voy a amar. Siempre te voy a amar. Lo que pasó en Denver no va a volver a suceder. Si acaso va a haber servido para aclarar lo importante que sos para mí. Creo que fue un poco confusa la manera en que empezamos, que fueras mi profe. Y después cuando despegó mi carrera la dinámica súbitamente se dio vuelta. El cambio fue difícil para ambos, sobre todo con tantos viajes. Ahora también me doy cuenta de que removió muchas cosas de la infancia. Empecé a cuestionarme todo. Seguro que pasa en cualquier relación larga, pero tal vez se haya puesto peor, para nuestra generación, por el cambio climático. En fin, no me quiero excusar por lo que hice. Sólo quería que supieras que creo en vos y creo en nosotros y que estoy entusiasmado con las aventuras que nos va a traer el año que viene. Terminé de leer la nota con lágrimas en los ojos. Una sirena se perdía a lo lejos. El sol parecía de repente más bajo en el cielo. Un perro blanco enorme pasó rozándome las piernas. Se me había esfumado toda la rabia. Sentí que el mensaje me estaba dirigido; la música popular es para todos.


 

Traducción de Ezequiel Zaidenwerg Dib 

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