Los últimos nacidos
Vine al mundo en un domingo de vendimia,
mientras mi abuelo ejercía de capataz
y la familia, en una viña de alquiler,
se movía al compás dictado
por el improvisado patriarca.
La uva recogida después se pisaría
en un lagar vetusto y pétreo
de finales del siglo XVIII
que destruimos a mazazos años más tarde
para convertirlo en sórdida leñera,
siempre en nombre del progreso.
Vine al mundo un domingo —decía—
en un hospital comarcal redefinido
como hospital ambulatorio sin sala de partos
en poco más de un lustro.
Fuimos la última generación
que portó en el DNI el nombre de su tierra,
así como fuimos los últimos en aspirar
a vivir mejor de lo que concedieron
vivir a nuestros padres.
En nombre del progreso, igualmente,
fuimos los últimos en todo.
Los últimos mohicanos del mundo analógico,
la última generación, los últimos nacidos.
Alberto Pérez Domínguez. Heredaré el reino de Gengis

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