lunes, 22 de septiembre de 2025

Ted Hughes (Mytholmroyd, Inglaterra, 1930 - Devon, Inglaterra, 1998)

 

 

 

 

 

INTERROGATORIO ANTE LA PUERTA DEL ÚTERO

 

¿A quién pertenecen esas patitas? A la muerte.
¿A quién pertenece esa cara hirsuta y como chamuscada? A la muerte.
¿A quién pertenecen esos pulmones que trabajan sin descanso? A la muerte.
¿A quién pertenece ese servicial abrigo de músculos? A la muerte.
¿A quién pertenecen esas tripas indescriptibles? A la muerte.
¿A quién pertenecen esos supuestos sesos? A la muerte.
¿Toda esa sangre revuelta? A la muerte.
¿Esos ojos tan poco eficientes? A la muerte.
¿Esa pequeña lengua viperina? A la muerte.
¿Este desvelo ocasional? A la muerte.
¿Dado, robado o pendiente de juicio? Pendiente.
¿A quién pertenece toda la tierra lluviosa y pedregosa? A la muerte.
¿A quién todo el espacio? A la muerte.
¿Quién es más fuerte que la esperanza? La muerte.
¿Quién es más fuerte que la voluntad? La muerte.
¿Más fuerte que el amor? La muerte.
¿Más fuerte que la vida? La muerte.
Pero, ¿quién es más fuerte que la muerte? Yo, obviamente.
Pasa, Cuervo.
 
 
 
 

LA PRIMERA LECCIÓN DE CUERVO

 

Dios intentó enseñar a hablar a Cuervo.
“Amor”, dijo Dios. “Di, Amor”.
Cuervo boqueó y el tiburón blanco se zambulló estrepitosamente en el mar,
y descendió girando, descubriendo
su propia profundidad.
 
“No, no”, dijo Dios, “di, Amor. Vamos, prueba: AMOR”
Cuervo boqueó, y una mosca azul, una tse-tsé, un mosquito
salieron zumbando y fueron a posarse
en sus diversos lugares de solaz.
 
“Bueno, un último intento”, dijo Dios. “Vamos: AMOR”.
Cuervo, entre arcadas, boqueó, vomitó y la descomunal cabeza de un hombre sin cuerpo,
con ojos rotatorios, brotó de la tierra
farfullando protestas.
 
Y, antes de que Dios pudiese detenerlo, Cuervo vomitó de nuevo,
y la vulva de una mujer se lanzó sobre el pescuezo de un hombre y se contrajo.
Los dos forcejearon juntos sobre la hierba.
Y mientras Dios intentaba separarlos, lloraba, maldecía, 
 
Cuervo huyó volando, sintiéndose culpable.
 
 
 
 

CUERVO MÁS NEGRO QUE NUNCA

 

Cuando Dios, asqueado del hombre,
se volvió cara al cielo,
y el hombre, asqueado de Dios,
se volvió cara a Eva,
todo pareció desmoronarse.
 
Pero Cuervo Cuervo
Cuervo los juntó clavándolos,
juntó el cielo y la tierra clavándolos –
 
y entonces el hombre gritó, pero con la voz de Dios.
Y Dios sangró, pero con la sangre del hombre.
 
El cielo y la tierra crujieron por la juntura
que empezó a gangrenarse y a heder-
un horror imposible de redimir.
 
La agonía no disminuyó.
 
El hombre no podía ser hombre, ni Dios, Dios.
 
La agonía
se intensificó.
 
Cuervo
sonrió burlonamente
gritando: “Esta es mi creación”,
enarbolando la bandera negra de sí mismo.
 
 
 
 

LUCIOS

 

Lucios, ocho centímetros de largo, perfectos
Lucios en todo, color dorado entigrecido con rayas verdes.
Asesinos desde el huevo, con su eterno y malévolo rictus
danzan en la superficie, por entre las moscas,
 
o bien se deslizan, asombrados de su propia grandeza,
sobre un lecho de esmeralda: siluetas
de submarina delicadeza y horror.
En su mundo miden un centenar de metros.
 
En las lagunas, bajo los nenúfares abatidos por el calor
-el lóbrego pesar de su quietud:
Apiñados sobre las hojas negras del año pasado, mirando hacia arriba.
O suspendidos en una caverna ambarina de algas
ya que no pueden mudar en esa época del año
la abrazadera en forma de gancho ni los colmillos de su mandíbula;
toda su vida depende de ese artilugio; las agallas,
los pectorales amalgaman tranquilamente sus sustancias.
 
Un día encerramos tres tras un cristal,
en una jungla de juncos: uno de ocho centímetros, otro de diez
y otro de doce: los cebamos con alevines –
y de pronto había dos. Al final, solo uno,
con el vientre abombado y el mismo rictus con el que nació.
Pues los lucios, ciertamente, no perdonan a nadie. Recuerdo
otros dos, de tres kilos cada uno, unos sesenta centímetros de largo,
secos y muertos bajo una adelfilla –
 
uno, embutido hasta las agallas en el garguero del otro:
el único ojo que sobresalía, observaba: como te engancha un vicio-
la misma mirada férrea de siempre
aunque la muerte hubiese contraído su membrana.
 
Otro día estuve pescando en una laguna de cincuenta metros
cuyos nenúfares y cuyas tencas musculosas
habían sobrevivido a todas las piedras aún visibles
del monasterio donde los habían plantado:
su profundidad inmóvil es legendaria,
tan profunda como la propia Inglaterra. La laguna
albergaba un lucio demasiado grande para moverse,
tan inmenso y viejo
que no me atrevía a pescar después del anochecer.
 
Pero lancé la caña en silencio y pesqué
con el cabello erizado de miedo
imaginando lo que podía surgir, la mirada que podía surgir.
El chapoteo amortiguado en la laguna oscura,
 
los búhos, acallando a los maderos flotantes con un ulular
que resonaba en mis oídos, me prevenían acerca del sueño
que lo oscuro bajo lo oscuro de la noche había liberado
y que venía emergiendo, escrutando, lentamente hacia mí.
 
 
 
(Fuente: Marcos Herrera) 
 

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