Mi papá insiste en ver su propia operación en tiempo real
la columna inundada de algo que lo protege, de momento, del dolor. Me lo imagino absorto, educadísimo, orgulloso de estar mirando, haciendo lo que puede para no distraer a las manos que están cortándolo. Tratando de portarse bien. Los suyos eran dedos áridos, al cubrirme con carpas de curitas mis pequeñas lesiones. Mi mensajero médico infantil, mi agregado hipocrático. Si supiera las cosas que dejé entrar a mis pulmones en nombre de una fascinación morbosa. La ayuda que rechacé. ¡En diez años nomás voy a tener ochenta y uno! reacciona a lo que cree una indirecta. Resuelto a irse robusto, erguido e impecable, si es que le toca irse, aunque quién lo creería.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg Dib
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