La pena de Bélgica (Fragmento). «Soy un poeta de nuestro tiempo»
(…)
En el salón no se apartó de mi lado, a pesar de que flotaba, acechaba y mariposeaba entre los invitados, con la cara cada vez más enrojecida, los connaisseurs.
– La gran desgracia, mi estimado señor, es que nuestros autores, sencillamente, no prestan la su-fi-cien-te a-ten-ción a las ciencias exactas. Estoy convencido de que el gran Vahool, mi mejor compañero de la academia y autor de perfectas baladas, ni siquiera sabe lo que es un número primo.
– Lo que está muy bien conseguido es la fase anal de Louis.
– Yo también tengo un hijo que escribe. Empezó incluso antes que usted. Creo que, sí, tengo en mi cartera de cuando tenía doce años…
– El uso de las comas es a veces un tanto extraño. La coma se corresponde con una pausa respiratoria, ¿no…?
– Pero lo dejó a los diecisiete. Me causó una gran pena, la pena de Bélgica, ja, ja, ja.
– Y la hipérbole, muy señor mío. Demasiado generosa. Y demasiado rebuscada. Según constan en mis anotaciones, aguarde un momento, sí, en la página 210: “Los prismáticos del amor”; en la página trescientos y pico: “La selva de los anhelos”. Venga ya.
– La coma, la vírgula, no viene virgen, virgom sino de vírgula, varilla.
– Como usted bien sabrá, en Euclides no se encuentra el número primo.
– Su visión de la historia, no, no, no. La historia ideal de un pueblo debe estar constituida también por sus sueños. No.
– Pero, Karel, la historia es la memoria del pueblo. Basta con remodelar esa memoria y…
– Llevo toda la semana con una tos… Estoy tomando un jarabe, pero no me hace absolutamente nada. Ese jarabe de Paelinck, con sabor a licor.
– ¡Pero el jarabe Paelinck es un fortalecedor!
– Yo me reí de lo lindo cuando todos esos chicos al final le dan su merecido al jovenzuelo ese con la taba. Yo también, creo que fue en el 26, cuando estaba en el instituto que…
– Jamás tuve miedo durante la ocupación. Ni siquiera cuando todos mis datos fueron publicados en la Brüsseler Zeitung.
– Marcel, ¿te vienes conmigo a Siam? Con el Pen-Club. A ver si es verdad lo que cuentan de las mujeres chinas. ¡Por que no me digas que te vas a volver a llevar a tu mujer!
– He de confesar que yo prefiero llevarme mi propia carne, prefiero comer de mi propio plato.
– Ese nuevo en el ministerio me parece ser un trabajador. Van Haere, Van Maele, Van Paenel o algo así.
– Naturalmente, es autobiográfico. Se nota. Hay ciertas cosas…, porque cuando yo estaba en el instituto de San Armando también me sentí, he de admitirlo, atraído por…
– Le vie en un espejo rococó veneciano. Su cabeza era la mitad de grande que la mía.
– Le hice una seña. Con el dedo índice encorvado, como un gancho de carne. Era un rubio oscuro, robusto, con una nariz gorda, una boca pequeña y unos ojos rojos por fuera. Vino. Yo estaba borracho sin estarlo.
– ¿Por qué te me quedas mirando de ese modo? ¿Es que tengo monos en la cara?
– No –dijo malhumorado.
Acento de Kortrijk: “Ñeee”.
– ¿Qué haces aquí?
– Mi tío quiere que esté alerta por si algo va mal.
– ¿Quién es tú tío?
– Julien Claessen.
– ¿El semental dela Yegua Yeguada Parmentier?
Mi lengua saturada se embrollaba.
– ¿Qué vas a hacer con el dinero? –preguntó.
– ¿Qué dinero?
– El que el Mercurius te va a pagar por imprimir tu novela.
– Es una novela corta.
– Queso, de Elsschot, es más corta. Y a ti te pagan ochenta francos por página.
Limpió la bandeja por completo: tarta, almendrados, crocantis, turrones, bombones. Luego, los terrones de azúcar junto a la cafetera de cobre.
– Es injusto.
– ¿El qué?
– A mí nunca me publicarán en el Mercurius. Y yo tengo un año más que tú.
– ¿Por qué no habrían de publicarte nada?
– Porque soy un poeta de nuestro tiempo.
Di unas palmadas. La luz y el sonido del museo Parmentier perdieron intensidad.
– ¡Hermanos! ¡Tengo el honor de presentarles a un poeta de nuestro tiempo!
No se sobrecogió, ni se sonrojó, ni se cagó encima, como otro que yo me sé. Hizo reverencias en todas direcciones. Sacó a relucir un folio recientemente doblado y leyó con un acento de Kortrijk nada atenuado lo que ahora transcribo:
Alabado sea el estrangulador del ruiseñor, alabadas sean todas
las hembras mamíferos, los celentéreos y los afluentes de los ríos,
las liendres y Zwevegem.
Alabadas sean las necesidades indispensables y las mareas
y las membranas rellenas de gas y las moscas ámbar.
Alabados sean los faltos de limo
y aquellos que conocen las cosas no por lo que son
sino por lo que aparentan.
Alabada sea la planta y Tarzán que cuelga de la planta.
Alabado sea yo.
Asintió en respuesta el paupérrimo aplauso. Me extendió la hoja.
– No la pierdas.
Las Celebridades Flamencas cotorrearon en voz baja hasta que uno de ellos exclamó: “¡Alabados sean la oxiacanta y el rinoceronte!”.
Claessens, su tío, dijo, sin mirar a su sobrino:
– Señor Seynaeve, si en un momento determinado desea marcharse a casa, estoy a su entera disposición.
– No te perderás gran cosa –dijo el sobrino-. A continuación irán la capilla de la familia y luego a la sala parroquial para la elección del premiado con el Tineke van Heule de este año.
– No tiene más que hacerme una seña si… -dijo el tío.
Y yo dije:
– Muy señor mío, que le den por el culo.
El sobrino me acompañó a la rústica estación.
– Fue un bonito poema. Bravo.
– Hago unos tres al día –dijo él.
– ¡Qué rapidez!
– Es mi técnica. Mezclo las definiciones de los crucigramas unas con otras, las pongo patas arriba.
– ¡Del De Standaard!
– También.
No volvió a decir nada más. Así que yo tampoco. Juntos cantamos: “Tout va trés bien, madame la marquise”, el fox comique de “Ray Ventura et ses Collégiens”. Oímos el saxofón y el toque de timbal. Vimos una gaviota que cojeaba.
Ya veremos. Ya veremos. Sí.
Traducción de M. C. BARTOLOMÉ CORROCHANO y P. J. VAN DE PAVERD.
La pena de Bélgica. Barcelona. Random House Mondadori. 2011. Págs. 849-852.
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