No hay residuos de hombre en mi cama.
Quien licúe la escena sin miedo
reclaman la carne,
ejecutan su rutina con precisión de maquinaria.
No hay alimento en mi espalda.
Lo ingerido se fermenta en la sien.
Del patio brotan malas hierbas,
mis brazos no alcanzan a espantar la plaga.
Las trampas no capturan ratas,
solo cuerpos sin ruta,
enredados en su propia baba,
reducidos a moluscos.
No hay sueño.
solo interrupciones,
caídas secas,
colapsos que no permiten el retorno.
El inicio se congela.
El final no ve la luz.
Busco agua
para asfixiar el órgano que exige,
para desplazar el pan por una masa inmunda.
Se espera, como se espera la amputación,
que olvide.
No hay nada.
Excepto dios.
Y con él,
planeamos su exterminio.
Permanezco,
aguardando el golpe
un diluvio,
una ausencia que pulverice.
La casa, hueca,
retumba con la soledad.
Mis dedos no entran lo suficiente.
No arranco la raíz,
solo rasco lo que queda,
No hay pasos en mi armario.
No se cuece maíz en mi estufa.
Los jueves son códigos
se invocan deportaciones,
se reinicia el origen,
incluso si eso
me condena.
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