miércoles, 6 de agosto de 2025

Roberto Bolaño. (Chile, 1953 - Barcelona, 2003)

 

 

«Un resplandor en la mejilla (paisaje de cisnes instantáneos»

 

 

 

 

 

 

Ya no sé qué decir, alguien me acaricia el pelo y dice

que estoy echando sangre, alguien pasea sus uñas

por mis mejillas y dice que me ama. Y aún me aman

dos niñas que se pierden constantemente por los bosques nevados.

Aún me aman dos niñas pero yo hace mucho tiempo asocio el

color azul con la muerte, el rojo con la infancia

llena de bolcheviques y sexo, y el amarillo con las carreteras

al atardecer, cuando los vagabundos contemplan

los postes de telégrafos, y las bandadas de pájaros del desierto

regresan del Oeste.

Y parezco un callejón cementerio de tranvías, un

suburbio cubierto de nubes, un poco de azúcar escurriendo

de los labios de un pandillero, que en este caso soy yo mismo,

mirando duramente paisajes interiores, imaginando

con desesperanza otro tipo de manicomio. Otro tipo

de jóvenes doctores. Otras sonrisas paranoicas esbozadas

casi en la superficie de una canción. Y así Utopía

vuelve a aparecer en el centro de los hospitales, los niños

del valle vuelven a perderse en los departamentos de

los gitanos, y los coches robados vuelan a 150 km. por hora

a donde se supone está el mar.

Aún me aman dos niñas generosas como el rocío,

como los dibujos estupendos llenos de color de las grandes

carreteras. Visiones que no se destrozan

pero que no sirven para nada. Por el momento Utopía

es nuestro descanso, nuestro baño sauna frenético,

duro como ciertos alcoholes y ciertas plumas, el árbol

al que nos trepamos en las noches de perros y amor, el Buda

que recoge calamares mientras levita en la playa de la luna.

Ya no sé qué decir.

Todo se ha acabado, la oficina está vacía, las frutas

se amontonan en mis manos de ángel asombrado, el insoportable

amor de las calles rayonea mis papeles imposibles, la furia

se me desvanece en la memoria.

Utopía es mi descanso, mi veterinario. Aún me aman

dos niñas anarquistas, pero yo hace mucho tiempo adquirí

el vicio de los jardines simples, la certeza de una muerte

esbelta y temprana. El amor debería mover la cabeza

verdaderamente incrédulo, debería caminar en círculos

por una pradera cinética. Estos días sólo son buenos

para los pianistas.

Mi ex mujer se mirará en los lentes negros de un playboy

y le darán ganas de llorar o de poner un disco (duro, breve)

como la fiebre de un niño.

La ternura y la revolución y los poetas pueden dormirse.

Estos días son buenos para los subterráneos voladores, para

los voyeurs de lo abstracto. Alguien apagará la luz

y comentará silenciosamente que las almohadas están

manchadas de sangre.

Ya ni ponerse a hacer silogismos es bueno.

Y tan acertado como siempre, te cagas en el oficio de poeta

cuando es lo único que te queda.

Y Utopía fue el veterinario,

el hombre feroz, la vieja en silla de ruedas cercada por sueños,

y los personajes de los sueños incompatibles se fueron masacrando

uno tras otro, hasta dejar un stock de pesadillas vacías,

y Utopía fue un reflejo opaco en el interior de un vegetal.

Vitrinas, maniquíes desnudos, ebrios tirándoles besos a las nubes.

Un laberinto de escaleras eléctricas por donde vagaban

unos niños extraviados que tenían el corazón maravilloso

hasta la náusea.

¿De todo eso qué vi realmente? ¿Con qué ojos tremendos

contemplé el olor puro de aquella muchacha sencillamente parada

en la entrada de un circo? Sólo recuerdo

haber estado demasiado tiempo en un cuarto blanco leyendo novelas

policiales; casi toda mi vida mientras tú me mirabas desde

una ventana redonda, como de baño público, y

detrás de ti unos caballos mordisqueaban nubes y

los adolescentes se reían como si acabaran de salir del desierto

con los bolsillos llenos de dinero gratis.

Dinero gratis, dinero gratis, amor gratis, un resplandor

inconcebible en la mejilla. Soñadores transformándose a sí mismos

pero incapaces de convencer a una muchacha de que la aman.

Nubes gratis y vacías, restaurantes gratis y vacíos,

automóviles fríos rumbo a las playas doradas del Pacífico,

visiones de Michelangelo para todos, ojos que se cierran

con la velocidad de la luz, y su armonía, estrépito de cisnes,

estrépito de humedad.

Comida gratis, bebida gratis, lluvias divertidas

e interminables como las novelas de Víctor Hugo.

Hospitales gratis, desiertos gratis, animales gratis, deseos

de caminar sobre las manos, de ponerse una corona de espinas

eléctrica y luminosa.

Blue-jeans rayoneados de ternura,

escenas de teatro

en la orilla del mar prolongadas hasta el infinito, tres años

de asco y amor, tres años de enfermedades infantiles

enmierdadas con precisión, y los duros arbolitos, pero

los duros arbolitos, mientras los duros arbolitos

como lanzas florecían.

Y gemí, y dije ya no sé qué decir, la oficina está vacía,

los submarinos explotan como fetos en las fosas del Atlántico,

alguien me acaricia el pelo y dice que ya está igual de largo

que el suyo, y yo tuerzo el cuello como un solitario cigarrillo

aplastado en la noche enorme y la miro, esperando volver a sentir

en los párpados la tibia obsidiana de los sueños, cuando en

las mañanas nos abrazábamos sin querer despertar, perdidos

en las llanuras de escamas, mientras cae nieve y el frío sonríe

desde un cenicero absolutamente limpio, y no queremos despertar,

y no sabemos qué decir: los labios partidos,

la cara blanca del invierno manchada de lipstick.

La velocidad se detiene, mira hacia todas partes, enloquece

a las fechas. Un anarquistoide muerto bajo las ramas

plateadas de un sauce. Encima de él la primavera violeta. Fuera

de ese cuadro una muchacha sueña renacimientos atroces.

Y está bien, está bien, ya puedes prender la chimenea y cerrar

puertas y ventanas. Ningún brillo va a reemplazar nada.

No habrá formas de arder que completen

esta nube cargada de lluvia.

No habrá viento contra este resplandor acuático. Ni callejones violetas

ni suaves caderas antiguas. Ese jadeo al subir escaleras

del ojo abierto: automóviles llenos de Sol estacionados

en todas las esquinas de tus venas. Una sonrisa sin contexto,

una mano crispada fuera de la foto. Y puedo tocarle el pelo nuevamente

y decirle que está bien, nos hemos vuelto a quedar sin reina,

como en los Alegres Viajes por el norte de México, con Lisa

aullando desde su hospital, nos hemos vuelto a quedar sin dinero,

sin tequila, sin dinosaurios rezando en medio de la noche,

sin gasolineras que brillaban en las playas, Baja California

y Mazatlán, labios cargados de cultura azteca y chistes

de Utopía, grandes músicas con metralletas y piedras, algo

inevitable, como enamorarse. Y sin dinero,

parados en las entradas de los aeropuertos, hieráticos,

más que dos hombres cuatro rodillas; más que dos poetas

cuatro estatuas intermitentes; siempre dos bocas

masticando en el centro del vértigo el recuerdo simultáneo

de nuestra historia de besos.

En la puerta de metal: dinero gratis, departamento gratis,

atardeceres gratis, oh atardeceres totalmente gratis.

Y coros celestiales gratis, hospitales gratis mutantes del amor

gratis. Y tranquilos. Quiero decir que los dejen tranquilos,

besando la naturaleza inventada que vuela por las veredas.

¿Es que las calles siempre van hacia abajo? Y ayer la belleza,

un lecho cinético, un perfil recortado sobre la puerta de metal,

no pactó con mis enemigos; ni yo con el odio.

Quiero decir que es fantástico cortar todos los cables

en las noches de inspiración; incluso

los cables de la inspiración.

Y los soñadores de revoluciones ven jornadas que penden

dentro de un domo de cristal o de una imagen poética:

ven dinero gratis (símil de fiebre) y pasaportes falsos

en desesperadas noches de lluvia; ven sonrisas de abuelitas

desnutridas en las nubles; ven la rabia y la locura como un niño

que construye molotovs dentro de un árbol hueco; ven

un trapecio y un arcoíris agujereado en la labor del poeta;

ven novelas autobiográficas en las estrías de los frigoríficos;

ven una larga noche de arrestos y una larga noche de soledad

en un cielo de colillas y flores. Y alguien gritó

la música brilla por su ausencia.

Ya no sé qué decir, 10 automóviles van arrastrando el sol,

llega el crepúsculo con nubes negras, flota un ghetto

llamado Benares, descienden de las flores centenares de geriatras.

Ya no sé qué decir, el final de este bosque soy yo mismo.

Y las lluvias de marzo limpian un domo que creíamos

perdido para siempre.

¿Es este recital de poesía que me cubría?

Un texto sin respuesta pero de movimiento excesivo (como si ayer

hubiera rodado una película sin cámara), (como si anoche

hubiera hablado con un desconocido en un café nocturno),

(como si hubiera filmado su risa invisible).

Poesía podrida, poesía podrida, mi amor: un sueño típico

de sobreviviente. Los niños rojos ya no tienen pesadillas,

desean ser perdonados, ser cínicos algún día, leer a Bataille

en francés ya Marx en alemán.

¿Es este el recital de poesía que yo esperaba?

Las estelas de mis viajes. Las palabras cruzadas y los caminos

cruzados de mis sueños. Las calles donde amé, peleé, comí.

Los manicomios que he contemplado desde lejos. Los pequeños cuartos

donde enloqueció mi amiga. Las noches de Superman

y las mañanas de Mickey Mouse. Los paisajes interiores

llenos de cunas vacías, nubes azules y estatuas. Los bebedores

de tequila en las extáticas praderas de la intranquilidad.

(Los canguros destrozados en el aire. Los nervios

destrozados en el aire. Los andróginos que entran a caballo

por los callejones —gritos de Revolución).

Todos mordiendo un trozo cinético del cielo, un trozo

explosivo del cielo, el ala de una paloma. Algo inevitable,

como enamorarse 100 veces —de la misma muchacha.

 

***

 

México D.F. 1 de enero de 1977

Barcelona, 19 de febrero de 1977

Publicado en Revista OPERADOR, N°2, Sevilla, agosto de 1978.

 

(Fuente: El hombre aproximativo) 

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