lunes, 18 de agosto de 2025

Héctor Giuliano (Piamonte, Italia, 1947)

 

 

Mi abuelo
juntaba trufas
con su perro,
hachaba castaños,
escuadraba puertas,
bebía y bebía,
no le hacía asco
al nebiolo
ni al dolcetto,
mascaba tabaco
y trajinaba
por trabajo
desde Savona
a Cuneo,
pasando por
Santo Stefano Belbo
y alrededores de Turín.
De repente
se levantaron
olores de guerra,
mudanzas
y referencias particulares,
párpados de piernas
que fornicaban
y un aire
de oxígeno muerto
en las colinas, alpes grandes
y hondonadas.
 
El Nono
se hizo de segundas nupcias
y amores indebidos
con la Crapente,
esa cosa harapienta
detestada
por los vecinos parroquiales
y la higiene pública.
 
Aldea en horrores,
entonces,
el inmortal cachetazo
de lo novedoso,
tendido
sobre las viñas y rebaños.
Él y ella
braceando
inmundicias,
vómitos,
perdidos en alcohol,
desnudos en las calles
de Belvedere Langhe:
chinches, orina,
cochinadas de culo y boca,
botellas vacías
en ese pequeño anfiteatro
de materia
y concurrencia de factores
necesarios.
 
Los fascistas
-la mayoría
parientes de parientes-
no tardaron
en imponer orden
en esos desmadres
de patria y fisonomías
que eran
también las suyos.
Fueron tales las palizas,
tal el frenesí
en volcar
litros de aceite de ricino
embudado
en la garganta
de los amantes
y algunos sospechosos
adyacentes,
por las dudas,
que todavía
repican las campanas
de San Nicolao
elevando
un aliento celestial
afincado
en los bosques
y recovecos vegetales
espantando a las palomas
que aburrían
de cagonas,
no jamás, casi.
 
Vacío
el gozne,
benevolencia recíproca.
 

- Inédito -

 

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