domingo, 3 de agosto de 2025

GÖSTA ÅGREN (Nykarleby, Vaasa, Finlandia, 3 agosto 1936‒Nykarleby, 24 junio 2020)

 

 

 



JUAN BAUTISTA 

 

Juan Bautista parecía un alma
que hubiera sido obligada
a abandonar la pura luz
de su hambre volviéndose cuerpo oscuro.
Estaba demacrado y sin embargo
envuelto, real como un cautivo.
Nunca comprendió que el agua
es santa, no un símbolo. El
vacío lo obligaba
a señalarse: Yo
no soy el Mesías. 
 
Él está en la creciente
balanza del principio. Miles de años
aguardan. De nada sirve la fe,
esa pausa desesperada
antes de la muerte. Ahora
el hombre mismo debe
aparecer, ¡una forma
que se haga visible! 
 
 
 

EL BAUTISMO 

 

La realidad es clara como
una descripción y ambas se elevan
en éxtasis, esa fiesta
sin objeto. Una sombra
roja se yergue sobre las montañas
del levante, pero en la penumbra
de la noche poniente
sólo se mueven
el nacimiento y la muerte. Desde 
 
el borde de la multitud los ojos
del carpintero contemplan, quietos
como poemas, la fe salvaje
de Juan, una especie
de desesperación. Los demás
se dirigen al bautismo como
si fuera un escondrijo,
pero él sigue ahí
frente al tribunal
de la realidad. 
 
 
 

EL DESIERTO 

 

El desierto es sencillo como
el dibujo de un niño
o un dios. No está
vacío, está lleno
de vacío. Palomas invisibles
se despiertan, se congregan en nubes
y empiezan a brillar. Entonces
él se levanta de su lecho
en un soto de hierbas secas,
erguido y ardiendo como
un fuego imaginado. 
 
Él ve cómo las gacelas
de pronto empiezan
a bailar. No vuelan,
describen
un vuelo. Palpitante,
un leopardo observa la agonía
de la víctima. 
 
¿Es que no hay
otra gracia además
del ansia? ¿La vida es
sólo una presa bajo
la violencia, que es
la verdadera vida? 
 
Los camellos pasan
en caravana, lentos,
indefensas construcciones,
y con los ojos cerrados
él siente que sus sombras
se desplazan como polvo
sobre el rostro. 
 
La mano es más fuerte
que la caricia. La vista
y el oído reúnen un saber
insoportable que debe degenerar
en sentimientos y olvidarse
si se quiere vivir. Al final
lo único que queda
de los sentimientos de una vida
es su rostro. 
 
Pero la soledad es
un espacio. Ver
bajo su cielo es ver
cómo todo lo que llamamos
verdad ―vida, muerte...― sólo es
suceso. El rostro se vuelve
tiesa arquitectura. Decidir
no es querer; es,
como la hojarasca de otoño,
libertad, y él abre
los ojos, grandes,
deslumbrantes piedras
en el ocaso
y el hambre,
y empieza
a caminar. 
 
 
(Traducción: Renato Sandoval, peruano)
Timmermannen / El carpintero (1996)
Lima: Editorial Nido de Cuervos, 2001, pp. 14, 16 y 17-18
 

(Fuente: Óscar Limache) 

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