Roborovsky
ofrecí su alimento a las torcazas.
Bajaban al balcón
en las ventanas encendidas
por el alba.
(Perdón)
Yo llenaba el comedero
y silbaba las cuatro notas de una melodía.
Se habían habituado:
ellas picoteaban
yo silbaba.
Una mañana
falsifiqué mi exaltación
hablé
para justificar su credo.
“Belle, belle!” Repetí.
Aplaudieron hasta desaparecer
detrás del edificio.
No regresaron.
Cuando lo hicieron
llené el comedero
y silbe.
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