UN NÁUFRAGO JAMÁS SE SECA

sobre Un náufrago jamás se seca, Fabio Morábito. Edición aumentada 1984-2024. (Gog & Magog)
“Escribo prosa mientras junto / valor para los versos, / escribo prosa para que los versos / se escriban casi solos”, dice Morábito en un poema de A cada cual su cielo, un libro del 2021, y lo cierto es que junto a sus cuentos, novelas y misceláneas, su labor como poeta ocupa un lugar central en la obra que viene construyendo. Un náufrago jamás se seca, es una edición aumentada de la publicada en 2011 por Gog y Magog, que reúne una selección que abarca cuatro décadas y seis volúmenes, desde Los lotes baldíos, de mediados de los años ochenta hasta Canción segunda de 2024.
Nacido en Alejandría, hijo de padres italianos, Morábito vivió parte de su infancia y adolescencia en Milán, y cuando tenía quince años se trasladó con su familia a Ciudad de México donde se asentó definitivamente. Este cambio de patria y de lengua en una edad tan decisiva signará sesgadamente su obra. En adelante adoptará el español como lengua literaria y si bien la relación con su otra lengua se irá desvaneciendo no dejará de aparecer como motivo de reflexión y marca de nomadismo.
Coloquial, urbana casi siempre, la aparente sencillez de su poesía es un prodigio de precisión y de equilibrio, de aguda inteligencia. Hecha de versos muchas veces medidos y otras no, proferidos por un sujeto discreto que prefiere observar a ser participe, los poemas se erigen como pequeños bloques asentados en un sentido oblicuo, como esos edificios de paredes delgadas a los que su poesía muchas veces refiere.
Mirar con ojos nuevos las cosas cotidianas y pedestres, asuntos sin prestigio a partir de los cuales se revelan sentidos olvidados, no por herméticos o extraños, sino por inmediatos, por poco llamativos o mal disimulados. No hay adorno ni pretensión de profundidad, hay el fluir cuidado de una voz que explora lo presente, lo oculto en lo evidente, lo que dejó el pasado en lo visible. El modo de dar cuenta es restando atributos, eludiendo retóricas, rodeando las cuestiones hasta dar con un tipo de verdad lingüística.
Lotes baldíos, moscas, latas de cerveza, coches que arrancan, una madre que maneja por primera y última vez, ciudades que se viven o se dejan atrás, la nostalgia que habita la poesía de Morábito no es por algo perdido, sino por eso que no tiene mediación, algo más bien ajeno al trabajo intelectual con las palabras, al sujeto “educado por / periódicos y libros”. Producir algo cierto y concreto, como hace el albañil que construyen edificios, que al final de su día merezca el descanso de quien hizo algo sólido.
Como pasa en sus cuentos y novelas, también en los poemas está la vocación por abordar las pequeñas anomalías, los desacomodamientos de la vida diaria, esas que son capaces de abrir una grieta o cambiar radicalmente una perspectiva: una mesa que cruje, el zumbido de un purificador de aire, un clavo en la pared, perder un vuelo de avión.
La atención a los lugares en donde las acciones acontecen es primordial para ese sujeto que piensa a medida que observa. Conciencia de lo que hay detrás de la fachada y lo compuesto, como el baño de ese viejo restaurante en donde lo que llama la atención es el caño que se hunde en el cemento, que permite intuir la red de cañerías, la sensación de que “en todo hay un abajo, / un atrás de, un fondo”: antes del edificio hubo un baldío, en esa casa o templo hubo una primera piedra, que de algún modo siguen estando ahí.
El uso de los símiles para hablar de la escritura es otro de los recursos a los que Morábito gusta de echar mano: escribir se vincula a comer y digerir, los dientes a las palabras que muerden, las fallas tectónicas al estilo, la estrechez de una casa rodante donde todo se comprime y transforma en otra cosa al trabajo artesanal con el poema.
Siendo que un hombre feliz no escribiría, ¿para qué pierdo mi tiempo escribiendo?, se pregunta Morábito. La escritura conlleva para este autor una doble extranjería, “la de la escritura, que es una traición al mundo, y la de escribir en una lengua que no es la materna, que es una traición al habla”. Quizás con unos versos que aparecen en este libro abierto y contundente se pueda resumir la actitud que condensa la poesía de Fabio Morábito: “lo mío no es el hecho, / sino su pálido reflejo; / no la cosa, sino los ojos que la han visto”, al fin y al cabo, “Todo viene al caso si estás vivo. Todo.”
Mario Nosotti (Revista Ñ, 2/08/2025)
POEMAS (SELECCIÓN)
*
Mudanza
A fuerza de mudarme
he aprendido a no pegar
los muebles a los muros,
a no clavar muy hondo,
a atornillar sólo lo justo.
He aprendido a respetar las huellas
de los viejos inquilinos:
un clavo, una moldura,
una pequeña ménsula,
que dejó en su lugar
aunque me estorben.
Algunas manchas las heredo
sin limpiarlas,
entro en la nueva casa
tratando de entender,
es más,
viendo por dónde habré de irme.
Dejo que la mudanza
se disuelva como una fiebre,
como una costra que se cae,
no quiero hacer ruido.
Porque los viejos inquilinos
nunca mueren.
Cuando nos vamos,
cuando dejamos otra vez
los muros como los tuvimos,
siempre queda algún clavo de ellos
en un rincón
o un estropicio
que no supimos resolver.
.
SIEMPRE ME PIDEN poemas inéditos.
Nadie lee poesía
pero me piden poemas inéditos.
Para la revista, el periódico, el performance,
el encuentro, el homenaje, la velada:
un poema, por favor, pero inédito.
Como si supieran de memoria los que he escrito.
Como si estuvieran colmados de mi poesía
y ahora necesitaran algo inédito.
La poesía siempre es inédita, dijo el poeta en un poema,
pero ellos lo ignoraron porque no leen poesía,
solo leen poemas inéditos.
.
MI MADRE, escuchen bien,
condujo nuestro Fiat
por un camino vecinal
un día del primavera del 68.
Lo vieron estos ojos desde el auto de mi tío,
que iba detrás del Fiat como escolta.
Fue su debut y despedida del volante.
Mi padre no volvió a cederle el asiento del piloto.
Ignoro qué pasó.
En ese aprendizaje trunco
tal vez estuvo la semilla del divorcio.
Si pudo conducir esos kilómetros
-en una carretera intrascendente,
es cierto, no en el tráfico-,
¿por qué cedió al impulso
de ser como una madre más
y regresó al asiento del que sueña?
Hablo de un Fiat 600 de dos puertas
y de un camino de subida
un día de primavera
antes del mayo revoltoso.
Las condiciones, ma, eran idóneas
-tu hermosa y con mi padre
enamorado locamente aún-
para acabar de resolver
el acertijo del embrague,
la metafísica del cambio de velocidad,
y conducirnos suavemente,
curva a curva, hacia la cumbre,
mientras mi hermano y yo en el auto de mi tío
contábamos las vueltas de tu ascenso,
que se deshizo como el mayo aquel
de la revuelta en humo,
un puro gesto que absorbió el paisaje.
Quizás dos décadas después
al irte de la casa completaste
ese camino de subida.
Quizás quedaste herida y no te diste cuenta.
Fue, como sea, el cambio de velocidad, más arduo,
el acertijo más difícil de zanjar
en esa nueva primavera de tu vida.
Tienes aún el pie pisando el acelerador
y un mirador te espera en lo más alto.
(Fuente: Música rara)
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