Mujer y perros
A Augusto, que la conoció
sombra de pordiosera que juntaba
perro a perro como los frutos de su vientre.
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Eran canes de paso, animales
manchados, negros, hoscos, melancólicos hijos
que la escuchaban en el suelo y lamían su mano
agradecidos de una llaga,
un harapo mejor, un simple hueso.
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Una mujer que se sentaba en una plaza
y cosía el alba y el ocaso al calor
húmedo y triste de sus perros.
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De: «𝘓𝘰𝘴 𝘰𝘫𝘰𝘴 𝘥𝘦𝘭 𝘱𝘳ó𝘥𝘪𝘨𝘰» (1950)
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