Para un autorretrato de Leonardo
.
Cualquiera, hasta un perro,
lo comprende al instante.
No hacen falta palabras,
lecturas, los humanos idiomas.
Como un rayo en lo oscuro,
surge el rostro del viejo,
el que escruta e inquiere
y no siente otro placer
más que mirar.
Los ojos se entrecierran,
paladean lo que la luz revela:
colinas, bosques en la bruma,
el disgregado montaje de los músculos,
mejillas encendidas que los tules ocultan.
Poco cuesta admitir
qué cierto estabas
y cuán inferior resulta
toda esgrima poética
ante un único trazo
de tus carbonillas.
Excepto por esta brevedad
en la que confundo nuestros rostros,
tu genio de disección y máquinas
con esta pobre holganza
de dibujar mi vino
a orillas del infinito mar...
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