viernes, 11 de julio de 2025

Enrique Butti (Argentina, Santa Fe, 1949)..

 

.

Sobre los bailes

 

Yo, en cambio,
odio las fiestas con baile, dijo,
incluso de joven, cuando
no dejaba de bailar una pieza.
Las odio porque
nunca,
ni en la iglesia -vos sabes
que soy creyente-
ni en mis caídas depresivas
o en mis periódicos enclaustramientos
pienso tanto como durante un baile,
pienso en todo
con una lucidez
que me desconozco,
insoportable,
veo, pienso y veo,
y lo que veo y pienso
no es alegre,
aunque estemos bailando
esos sambas brasileños
que a vos te enloquecen.
En cada uno que miro
en cada bailarín, en cada invitado
veo que su destino
le presenta -le presentó o le presentará-
un momento
superior
a sus fuerzas.
Para algunos
será
el momento de la muerte
propia o de otros,
para algunos
ese momento ya pasó
y llevan la marca del espanto
mientras brincan
y ríen bailando un rock.
Y finalmente pienso en mí
y enumero -los enumeraba
ya de joven- mis espantos,
mis muchos espantos,
y deduzco que si son tantos
es porque todavía falta
aquél que los sepulte a todos,
y me estremezco
mientras doy vueltas
y me aplauden porque dicen
que bailo muy bien.
Y su interlocutor,
a quien le gustaba bailar,
replicó -no, no replicó,
aceptó el argumento y agregó-:
Es verdad que hay en el baile
una alegría grave
y ahora que lo pienso
es verdad
que en el baile personas y cosas
se manifiestan
con rara intensidad;
lo que yo creo descubrir
es lo que afirma
aquel poema precolombino
acerca de que las personas nacen,
echan una o dos flores y mueren.
Algunas llevan su flor enhiesta
-lirio, cala, orquídea,
o rosa entre espinas-
o arrastran la memoria
de un antiguo esplendor
o dejan adivinar
la aparición de un pimpollo
o están ahí
envejeciendo en la espera
y desesperando
de una posible esterilidad.
Aquel poema dice que no,
que no venimos a vivir sobre la tierra,
que venimos a soñar,
que somos como una planta
que nace, crece, da su flor,
marchita y muere.
Y claro, en ese extraño equilibrio
de seguir adonde arree la música
-che, que a mí también me aplauden
cuando bailo-,
en ese difícil equilibrio
de movernos como sólo nos movemos
en el momento de nacer
o en el momento de jugar o copular
o de la agonía quizás,
uno da un salto
y tira adelante los brazos
y abre los puños
como si lo que pudieran desparramarse
fuesen estrellas,
y entonces, ahí está, florece
cada cosa, cada bailarín,
prado o desierto de hielo.
Así que aunque te cueste
aunque tengas que fingir
que te brota un manojo de pétalos y lunas
en la punta de cada cabello,
me inclino, te ruego
que salgas
conmigo al ruedo.
///
 
 
 

Caperucita Roja despide los despojos del Lobo Feroz

 

"Rerum annihilatio" (Hobbes)
 
Nunca nunca me resignaré
Madre Lobo
al Paraíso Perdido de tu vientre
abuelita y yo
en tu seno generoso
 
Madre Lobo
te entregaste a
flores y mieles
para alimentarnos
 
La cofia y el camisón de abuelita
ya no los usabas por astucia
sino por felicidad
de encinto
 
Tejías, te preparabas tisanas,
te hamacabas mirando el atardecer
te arrebujabas
junto al fuego.
 
Oh, tirano, quédate un poco quieto
te ordenábamos
abuelita y yo
entre risitas.
Abrazadas
hablábamos como siamesas.
 
Madre Lobo
que empollabas
la representación de nuestro mundo
fantasma de la oscuridad,
nuestra filosofía de la caverna.
 
Tirano, no creas a tus ojos
sino al doble seso
de tu estómago.
 
Dábamos pataditas,
te sentíamos gruñir
dulcemente.
 
El lobo es la mujer
de las mujeres,
te complacía oírnos
sentenciar.
 
Tirano,
lo despertábamos en medio de la noche.
¡Tirano!,
le tirábamos palabras
y él se adormecía al arrullo
de nuestro ronroneo.
 
Después, ya se sabe,
vino el estúpido leñador
mató a mamá lobo
y nos devolvió
a la intemperie.
 
La primera palada
de tierra
que echaron sobre la fosa
entró en tu pecho
despanzurrado
Lobito Pachamama.
 
Abuelita ya no quiso vivir.
 
Yo voy por el mundo
sola como un perro
alejándome por los campos
para aullar a la luna
¿Lobo está?
 
Escarbando en tu tumba
que está en todas partes.
 
 
(Fuente: Cecilia Pontorno) 
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario