«Una sola rosa y una mandarina»
En
donde de cada ser dos, de cada cosa dos exactas, una para sí y otra
para alguien. Siendo así, de algunas, una a la memoria y otra dejable en
el lugar, ya el barrio en el caserío o el caserío en el barrio, ya los
árboles frutales, las puertas, el automóvil entrando a contravía y el
automóvil llegado por el otro lado, ambos con movimiento y ruido de
carro.
Tocar
una puerta y abrirse dos. ¡Oh, entrar!, ¡oh, el recibo más allá!, con
dos Gonzalos, dos Ercilias, dos Rafaeles, dos Julietas, y después del
saludo y los besos de rigor, hablando todos a la vez y, de los ocho,
escuchando atentamente a ocho. Distinto todo, de como era antes de
volver.
De
la cocina, la sirvienta con tazas de café, de las diez una para ella y,
en el momento de pasarlas, ni señas, ni morisquetas, ni palabras, sino
ella y ella o Carmenza y Carmenza. Mientras en la memoria abarrotada
aquellas grandes limas en sazón, aquellas roliverias mandarinas y,
afuera, las rosas, las grandes rosas. Una sola rosa y una mandarina. Con
una y otra para sí y una y otra para él, despidiéndose.
en La draga y el dragón, 1985
(Fuente: Descontexto)

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