Ficción
Pienso en las vidas inocentes de los personajes de las novelas que saben que morirán, pero no que termina la novela. Qué diferentes son de nosotros. Acá, la luna mira, muda, a través de las nubes dispersas la ciudad dormida, y las hojas caídas se arremolinan con el viento, y alguien –que soy yo–, apoltronado en una silla, hojea las páginas que faltan, sabiendo que no tienen mucho tiempo el hombre y la mujer en el cuarto alquilado, la luz roja encendida encima de la puerta, el lirio que proyecta su sombra en la pared; no tienen mucho tiempo los soldados debajo de los árboles a la vera del río, los heridos que son transportados a alguna ciudad del interior donde se quedarán; la guerra que duró ya tantos años va a llegar a su fin, igual que todo lo demás, excepto una presencia que cuesta definir, un rastro, como el olor del césped tras la lluvia nocturna, o el resto de una voz que nos avisa, sin tener que explicarlo abiertamente, que no desesperemos, y que si llega el fin, pasará eso también.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg Dib
No hay comentarios:
Publicar un comentario